miércoles, 7 de abril de 2010

Un encuentro con la policía de autopistas

Como casi siempre, el final de nuestras vacaciones por Europa del Este acaba con una visita a unos amigos entrañables que tenemos en dos países fronterizos (Austria y Alemania), así que tras el desayuno de un martes 15 de agosto salimos en dirección a la frontera de Freudstat. Nada más cruzar buscamos el puesto que siempre habíamos encontrado cuando se entra en Austria, donde venden la "viñeta" que permite circular temporalmente por autopista previo pago de la correspondiente tasa y que se adhiere al parabrisas del coche.
Sin embargo, no hay ninguno en la frontera, ni tampoco indicación al respecto y, al poco de atravesarla, se nos echa encima la bifurcación en la que se decide entrar en la autopista o seguir por carretera, como teníamos intención de hacer lo primero, nos metemos, pensando que habrá ese puesto de venta del derecho de peaje al inicio de la autopista.
No es así, hemos empezado a circular sin la viñeta, estamos un poco asustados, de modo que cuando vemos un cartel que indica "información" saliendo hacia un área de descanso, nos metemos hacia ese vial pensando en solucionar el problema. De lejos ya se ve que no es más que un mapa o algo así y que la solución no va a venir por ese lado. Lo peor está por llegar.
Nada más aparcar veo por el espejo que tengo detrás un coche de la policía. Bajo y sale una mujer gorda riéndose y diciendo en alemán algo así como "¡vaya, vaya!,... no veo la pegatina por ningún lado".
Hemos tratado de explicarle la situación en inglés pero, ni puto caso, su compañera nos dice que ella lo entiende pero que la jefa es la gorda. Noto, además, ese desprecio hacia lo masculino que otorga una situación de poder por parte de esta vaca amargada. Mi compañera se ha pasado todo el tiempo intentando dialogar, en tanto que yo he acabado perdiendo la paciencia. Sin embargo, el diálogo no ha llevado más que a tener que pagar la multa "in situ", por eso de no entrar en más discusiones. Me he despedido llamándole de todo en español, idioma del que no entiende ni papa la vaca, pero que algo ha sospechado, liberándome, al menos, de un poco de mala leche.
Nos ha informado de que las viñetas se compran en las gasolineras y que de esas si que hay antes de entrar en la autopista, a nosotros ni se nos hubiera ocurrido, pero ahora ya lo sabemos, aunque nos ha costado una pasta la información.
Es esto un aviso a navegantes, pues según nos cuentan nuestros amigos austríacos, parece ser muy común que la policía de autopistas trate de putear a todo aquel que entra desde los países del Este, los del antiguo telón de acero, por eso del miedo a la inmigración que tienen estas gentes que suelen apoyar a partidos un poquito xenófobos para defenderse de lo ajeno al bien vivir.

martes, 6 de abril de 2010

Desde Slavonice a Trebic





Salimos de Telc por carretera hacia Slavonice. De camino, recorriendo una zona rural, pasamos por varios campos donde se cultiva la amapola. Queremos dejar constancia de ello con una foto porque ya en varias ocasiones, cuando hemos explicado que en Alemania, república checa, Eslovaquia y otros países de la Europa Central se utilizan sus semillas en grandes cantidades para diversas preparaciones culinarias, pasteles y panes, algunas personas nos han mirado incrédulos sin entender que eso se coma. La primera vez que la probamos en una especie de brazo de gitano, relleno con pasta dulce de esas semillas pensamos que era una especie de chocolate o cacao.


Slavonice tiene un casco antiguo muy interesante, todavía se puede entrar al mismo según sus dos puertas principales gótico-renacentistas. Desde la situada al Oeste, pasando bajo sus arcos entramos en la plaza Dolní námestí, un inmenso espacio triangular que se abre hacia una manzana con forma redonda, en cuyo interior se alza la iglesia de la Asunción. Puede que como resultado de quedar inicialmente dento de un perímetro menor también fortificado.

La ciudad se fundó en el siglo XIII, con el nombre de Zlabings, cuando formaba parte de un itinerario de unión con Viena, su posición estratégica cerca de la frontera austríaca convirtió a esta población en un recinto sumamente cerrado durante los tiempos del telón de acero, pero, como podemos comprobar ahora, esa misma posición hace que goze de una renovada afluencia turística. Hemos coincidido con una marcha cicloturista de ese país vecino.




Todo el conjunto edificado de Slavonice es de gran belleza y muy uniforme, destaca su patrimonio de casas góticas y renacentistas, con fachadas profusamente decoradas mediante la técnica del esgrafiado, sobre todo en la gran plaza triangular y en la que se encuentra tras esta, una vez pasada la iglesia, en este caso de forma rectangular alargada, una especie de calle ancha (Horní námestí).

Como siempre, el color de las fachadas, los hastiales, la uniformidad de altura de las casas y la conservación del patrimonio histórico (sin duda favorecido por el aislamiento de la zona durante el período comunista) ajeno a desarrollos modernos, configuran un conjunto de gran valor.

Después de haber comido algo tarde en una de las terrazas que se extienden por la plaza de uno de los restaurantes locales, salimos de regreso a nuestro emplazamiento en Trebic para visitar la ciudad al atardecer, antes de retirarnos.


Llegamos a Trebic y aparcamos en una plaza justo al borde del casco antiguo. Huelga ya decir que ver estas ciudades a media tarde es encontrarlas ya casi dormidas, tenemos la ventaja de que el ticket del aparcamiento a esta hora y con el gasto mínimo ya nos incluye hasta la mañana del día siguiente.

La ciudad antigua está bastante desfigurada por la irrupción sin complejos de lo moderno. Aunque se ha mantenido la escala de la edificación, lo nuevo afea a lo antiguo que se ha conservado. El centro está en una hondonada, al borde del río Jihlava y ha crecido mucho con urbanizaciones entre el verde. La plaza principal, la Karlovo námestí, se extiende alargada siguiendo una manzana de cierre que bordea el río, a ella asoma la torre la iglesia de Sv. Prokop y conserva alguna casa con la fachada decorada con esgrafiado.

El mayor atractivo de Trebic está al otro lado del Jihlava, en esa orilla, ascendiendo por la colina, se ha conservado aislado el ghetto judío, que ahora ha sido rehabilitado profundamente, mereciendo la declaración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco. La visita a la colina de Hrádek es un poco exigente, por lo empinado del terreno. Los rincones más pintorescos del barrio judío se encuentran en las callejuelas que evitan el itinerario principal y, en la parte más alta, entre árboles, se llega al cementerio (Zidovský hrbitov) que es una especie de parque romántico en el que se encabalgan unas lápidas sobre otras, algunas de épocas remotas, y se adivina la ciudad y el río allá abajo a lo lejos.

jueves, 27 de agosto de 2009

Visitando Trebic, Slavonice y Telc



Abandonamos Bratislava bastante temprano y conducimos por autopista en dirección a Brno, hemos vuelto a entrar en la República Checa y de nuevo, el mismo atasco en las cercanías de esa ciudad, justo antes de la circunvalación tomamos la autopista hacia Praga y poco después de hacerlo, la abandonamos para seguir por carretera hasta Trebic, en la zona sur de Moravia, donde hacemos etapa en un bungalow del cámping situado a las afueras de la ciudad, en medio de un bosquecillo, hemos visto una furgoneta Wolskvagen con placa española al llegar. Cuando me acerco a los baños escucho a una chica que grita: "¡Cuidado, que va a entrar alguien!".

No sé si ya he explicado que en estos países se conservan todavía muchos hábitos de la época comunista, como el de saludar a todo camarada con el que uno se cruza o ducharse en estrecha convivencia con el resto de las personas de tu mismo sexo, como en el ejército o un gimnasio deportivo, por eso en los baños, salvo los retretes, se carece de intimidad, algo a lo que no siempre se acostumbran los visitantes de otras nacionalidades, de ahí que, mientras su marido se duchaba, la mujer estuviese montando guardia. Pronto entablamos conversación con esta simpática familia navarra, sobre todo por eso de ser casi los únicos españoles que nos hemos encontrado fuera de Praga o Bratislava. Al decirles que somos gallegos, enseguida comentan lo que ya nuestra hija nos ha avanzado por teléfono, nuestro territorio arde este año por los cuatro costados sin que nadie sepa muy bien la causa pero seguro que no se debe a ningún tipo de influencia astral sobre los pirómanos. Curiosamente, después de tanto hablar de catástrofes naturales (o quizá artificiales) se levantó un fuerte temporal de viento y una enorme rama de uno de los árboles se partió de cuajo, asustando de muerte a este hombre, que corrió a alejar a su hija de debajo de la fronda.

Tras organizar todo en el interior de nuestra cabaña y vaciar el maletero, salimos hacia Telc (y aquí, otra vez, sin la grafía correcta los topónimos no han de sonar igual que en su lengua de origen). Es una pequeña ciudad que sorprende por su belleza tanto como por la unidad arquitectónica de su núcleo antiguo, revelando la importancia que debió tener en su día.

Para su defensa y protección, a modo de fosos, se abrieron unos grandes estanques que, además, abastecían de pescado a los moradores, por lo que el conjunto urbano se enmarca ahora en medio de un espacio naturalizado en el que siempre predominan las láminas de agua. Tras un gran incendio (curiosamente otra vez el fuego en estos días) devastó la ciudad allá a mediados del siglo XVI, el gobernador de Moravia llamó a afamados arquitectos italianos para reconstruir con gusto el castillo, pero su trabajo acabó abarcando una amplia remodelación de los principales frentes urbanos, dando a la localidad una uniformidad y calidad artística que le han hecho acceder a la declaración de Patrimonio de la Humanidad.

Telc es la suma de un castillo medieval, remodelado y convertido en residencia real, y una plaza, un inmenso espacio público que se abre en triángulo desde el vértice que ocupa el castillo. Las fachadas porticadas son casi todas espléndidas, muchas de ellas decoradas con auténticas filigranas de esgrafiado, técnica de revestimiento en la que se raspa una capa de cobertura todavía fresca para revelar el dibujo de otra que queda por debajo y que contrasta en color (blanco contra gris oscuro). Otras tienen ese carácter barroco centroeuropeo, donde las tonalidades alegres del color se resaltan mediante molduras y ornamentos que enmarcan los huecos.














miércoles, 26 de agosto de 2009

Bratislava, una capital junto al Danubio



Dejamos Levoca en domingo, a las nueve ya habíamos iniciado el viaje hacia Bratislava, en una mañana gris y algo lluviosa, pero a medida que hacíamos carretera el tiempo comenzó a mejorar. Del camino quedan las imágenes de unos grandes lagos con la bruma ascendiendo por las montañas y esas ciudades fantasma que han surgido en otros tiempos junto a una inmensa chimenea, donde antes no había nada, como las fundaciones medievales que colonizaban un territorio recién conquistado, en este caso por la industria y la fuerza del proletariado.
Llegamos al cámping de la ciudad, que se encuentra inmerso en una enorme área de ocio, alrededor de las dos de la tarde, alquilamos un bungalow muy grande y algo caro para los precios que veníamos pagando, bastante destartalado pero con un amplio porche y cómodo por lo espacioso. Los servicios quedan algo lejos y son como de barracón del ejército, desde nuestra ventana vemos a alguien haciendo esquí acuático en una lámina de agua gracias a un artilugio mecánico que arrastra el enganche de un cable. al otro lado, unos chicos muy jóvenes atienden una especie de chiringuito que apenas recibe gente mientras hacen sonar, en el aparato de música ambiente, canciones latinas de las que, incluso, taratean y repiten alguna frase, algo que nos resulta gracioso y nos hace sentir casi en familia. El cámping comparte su uso con los propios del lago junto al que se emplaza, es decir, con pescadores, bañistas, practicantes de distintos deportes... solo está cerrado al acceso de vehículos, que es exclusivo para los usuarios de sus instalaciones.
Ya después de comer, salimos en coche hasta el centro de Bratislava, una capital situada justo en un extremo alejado del centro del país, pero inmediata a la frontera con Austria y a escasos kilómetros de la de Hungría, encrucijada de caminos y culturas que le ha valido su elección como capital de este trozo desmembrado de la antigua Checoeslovaquia, en detrimento de Martin, ciudad que pugnó, hasta el último momento, por hacerse con ese privilegio.
Es imposible no fijarse en la amplitud de estas avenidas por las que accedemos a la ciudad, pensadas para que los tranvías y autobuses circulasen con fluidez pero no tanto en el transporte con medios privados e individualizados que ahora se adueña de las calles, como en cualquier otro lugar.
Llegamos a un punto muy céntrico y metemos el coche en un párking subterráneo, hay alguna plaza libre en superficie, pero las señales indican algo que se intuye como reserva y prohibición, un coche francés ocupa una de ellas, al salir del aparcamiento por el acceso peatonal, la policía está cubriendo la multa e intentando explicarle algo a los ocupantes.
El centro de Bratislava lo constituye su casco antiguo, muy compacto y reducido, extendido a lo largo de una serie de plazas entrelazadas, como toda ciudad de paso en la que confluyen diversos itinerarios históricos. Es un lugar muy animado, con mucha vida en las terrazas de los bares y en la propia calle, tanto que hay quien la considera como una especie de capital mediterránea del Este. Es uno de los pocos lugares del país donde uno se encuentra con turismo extranjero y, por supuesto, con excursiones organizadas de compatriotas, así como los inevitables italianos y orientales, pero tampoco es un lugar de afluencia masiva y la convivencia entre visitantes y nativos se hace, todavía, bastante llevadera.
Las calles peatonales del centro antiguo se llenan de gente a cualquier hora, desde la plaza Hlavné námestie, donde está el Ayuntamiento viejo (Stará Radnice), se puede llegar en unos minutos a la calle Michalská, auténtica arteria de actividad de este trozo de la ciudad, con el cierre al fondo de la torre y puerta de la desaparecida muralla, pasando por la Frantiskánske námestie y seguir el itinerario de coronación de los reyes húngaros, marcado con incrustaciones en el pavimento. En torno a este polo se visitan enseguida los principales puntos de atracción turística y puede entonces uno elegir en que calle o plaza le apetece sentarse a tomar algo y disfrutar del ir y venir de los paseantes. Enseguida nos encontraremos, a poco que nos desplacemos en dirección al borde del Danubio, con un gran espacio arbolado muy alargado en el que se sitúan el Teatro Nacional Eslovaco y el edificio denominado Reduta, ahora sede de la Slovenská Filharmónia.
En distintos lugares aparecerán pequeñas intervenciones artísticas en forma de esculturas en bronce a tamaño natural, un soldado napoleónico apoyado en un banco de parque, un operario asomando por la boca de un registro del alcantarillado y, cuando nosotros visitamos la ciudad, un montón de funambulistas haciendo equilibrios en cables que atravesaban de lado a lado las calles.

La ciudad decimonónica y los suntuosos edificios civiles modernistas o de estilo ecléctico predominan por toda esta zona de borde edificada tras la demolición de las murallas. El extremo de poniente del casco antiguo está dominado por el castillo (Bratislavský hrad), al pie del cual se extendía un pequeño barrio que fue cortado por el tajo de la circunvalación que conduce el tráfico de la autopista hacia el puente dedicado al movimiento nacional eslovaco de liberación (Most SNP), con su torre rematada por un restaurante panorámico, una obra siempre criticada pero realizada con el optimismo característico del régimen comunista, es decir, tenemos un problema, busquemos la solución racional al mismo (y eso significaba que la historia se hacía en el día a día y los monumentos del pasado tenían el mismo valor que la fuerza del progreso) de cualquier modo, algún día, pasada la purga del rechazo a todo lo que supuso tanto sufrimiento, se valorarán las cosas en su justa medida y se comprobará que, con unas acciones correctoras añadidas, el desastre urbanístico tampoco ha sido tan grande como se nos quiere hacer ver.

Lo que si se enseña ahora, como atracción turística también, es la arquitectura residencial de la Bratislava comunista, esa gran urbanización de superbloques del otro lado del Danubio, no sé si con orgullo o solo por hacer caja con las excursiones, pero el hecho es que esos edificios sembrados en un gran tapiz verde, salvando las deficiencias de habitabilidad, podrían ser el sueño no cumplido de la ciudad moderna y, junto a ellos, pugnan ya por situarse las grandes superficies comerciales de rango multinacional. Si algún signo monumental ha dejado el antiguo régimen, ese es tanto la vivienda masiva como el inmenso monolito dedicado a los soldados del Ejército Rojo que murieron luchando contra los nazis que se alza en la colina Slavín y que domina la silueta de la capital desde casi cualquier punto de vista posible. Y en ambos casos, la naturaleza los envuelve, quizá sin querer o quizá para hacerlos destacar, en cualquier caso, una fortuna para quien allí vive.




El Slovenský kras


Es sábado y salimos de mañana desde Levoca en dirección a Presov y Kosice, desde aquí y por la carretera 50, tomamos hacia Moldava nad Bodvou y siguiendo las carreteras 550 y 548 nos adentramos en una zona montañosa donde el paisaje extrema su belleza, son lugares rudos y pobres, con gitanos al borde de la carretera que se asoman a la calzada cada vez que escuchan un coche y exponen sus cestas cargadas de enormes boletos y otras setas o frutas del bosque, tratando de vender algo a los turistas. Desde Krasnohorske Podhradie vamos hasta Roznava, localidad que se constituye como base para las excursiones a esta región kárstica que se extiende a lo largo de la frontera entre Hungría y Eslovaquia, ocupando una amplia zona de estos dos países y cuyas cuevas han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad, de las casi cinco mil cuevas que se localizan en territorio eslovaco hay cuatro que son visitables (Jaskyna Domica, Gombasecká jaskyna, Jasovská jaskyna y Ochtinská aragonitová) así como una cueva de hielo, la Dobsiná.
Las carreteras secundarias de montaña, por las que hemos decidido ir, tienen tramos muy estrechos, casi ya sin asfalto, a menudo totalmente cubiertos por las copas de los árboles, tanto que el navegador pierde, por momentos, la señal. En uno de los ascensos nos unimos a una caravana de coches de época, a velocidad muy reducida, que al llegar a un pequeño pueblo se apartan hacia la cuneta dejándonos pasar y saludando, vemos así a todo el grupo de clásicos, entre los que no faltan los Skoda descapotables con sus llamativos colores.

Como siempre, encontrar las cuevas para alguien que no es del país (y por lo tanto no habla el idioma) resulta bastante difícil y, tras unos intentos fallidos, nos decidimos por intentar a toda costa visitar la de Gombasecká. Entre el mapa de carreteras y los carteles indicadores que dirigen a las poblaciones próximas, logramos enfilar la carretera que supuestamente nos lleva al lugar. A poco de iniciar el recorrido, una señal puesta en medio de la carretera indica que no se puede pasar, sale un grupo de gente de un campo de maíz recién cortado y nos hace señas de que nos metamos en esa zona de cultivo, donde ya hay algún otro coche, nuestro Skoda se entierra entre los surcos del terreno, bajamos y nos enseñan un papelito, como un ticket de aparcamiento hecho a mano, y pagamos la cantidad que allí está escrita. Preguntamos en inglés, en francés...donde están las cuevas, pero nada, es como hablar chino. Al oir la única palabra que les suena a algo conocido ("Gombasecká") nos hacen gestos de que sigamos andando el camino que está cortado por la señal. Ha sido todo muy raro, tanto, tanto que, al darnos la vuelta vemos venir un coche de la policía y, en ese momento, una de las personas que estaba en el campo, sale corriendo y retira la señal que prohibía el paso... Alguien tenía un campo y podía sacar hoy unas coronas aparcando algún coche. Más explicaciones al final, porque de momento todavía no están las cosas claras.
Caminamos varios kilómetros y no hay rastro de las cuevas ni de nada que se le parezca, es el punto en el que digo: "si no hay nada tras doblar esa curva, nos damos la vuelta, porque la temperatura es elevada y no está el día para hacer senderismo". Y como siempre, surge el milagro, aunque todavía no en forma de cueva. A lo largo del resto del camino va habiendo una serie de mesas al borde de la carretera con gente que nos dice algo al pasar y nos muestran unos papeles con algo escrito y nos ofrecen un bolígrafo, como para rellenar algo. A todos les preguntamos si alguien habla inglés y van repitiendo la palabra "inglés" en su idioma con gestos de extrañeza. Acaba siendo un diálogo de sordos, al final, nosotros ya hablando en español y ellos en eslovaco (?). Pues no, era húngaro.
Se corre la voz y alguien dice algo así como: "si hombre, fulanito habla inglés". Un chico se nos acerca y nos dice que habla inglés, preguntamos si allí hay unas cuevas con ese dichoso nombre y nos da todo tipo de explicaciones, que si por donde se llega, el horario de apertura, cuanto dura la visita... El caso es que lo de menos, hoy y en este lugar, eran las cuevas, a las que habitualmente se llegaría en coche hasta un aparcamiento público justo al lado de la entrada.
El hecho es que en el lugar hay una especie de inmensa romería, se trata de un acto de afirmación entre folclórica, política y nacionalista de las minorías húngaras que pueblan esta región de Eslovaquia. En quince minutos sale una nueva visita guiada a la cueva, compramos los billetes e iniciamos el recorrido, sin entender absolutamente nada, pero como ya hemos visitado otras muchas cuevas kársticas, nos suenan los nombres de los minerales componentes de las formaciones, la tipología de las estalactitas o estalagmitas y adivinamos, por las risas, las habituales bromas con la identificación relativa a cierta parte de la anatomía que siempre en algún lugar aparece identificada con una formación larga y redondeada. Tratar de ver formas reconocibles es algo que siempre anima el interés de los visitantes en estos lugares, más dispuestos a internarse en un parque temático que en una curiosidad geológica.



La salida de nuevo a la luz del día tiene su recompensa. La reunión de familias húngaras se complementa con un amplio despliegue gastronómico regional, con grandes ollas repletas de comida que se vende en distintos puestos y, lo mejor, es que solo hace falta coger un plato de plástico e indicar de cual quiere uno que le sirvan y, después de pagar unos precios que resultan casi ridículos e impropios para nuestro país, sentarse en alguna de las mesas al aire libre a disfrutarla.
Además, tenemos animación incluida, nos sentamos en unas sillas plegables que rodean el escenario y comienzan a salir grupos, anunciados previamente con el nombre de la familia a la que representan y el lugar de donde proceden, que interpretan bailes y canciones folclóricas. Poco a poco, el escenario se va llenando con los sucesivos grupos que se unen a los anteriores, y nos damos cuenta de que toda esa gente es la que previamente estaba sentada en las sillas junto a nosotros. Por un momento se nos ocurre que si la cosa sigue así, pronto nos va a tocar salir a nosotros y, lo malo, es que no tenemos nada preparado. Al final, un señor de traje es presentado (por lo que se intuye de las palabras que logramos interpretar) como un diputado húngaro en el parlamento eslovaco que lucha por los intereses magiares y larga el típico discurso en el que se escucha constantemente "política" y "magiar".


Ha empezado a llover un poco, quizá porque el hombre éste no acababa de terminar y se había emocionado demasiado al dirigirse a un auditorio tan receptivo, así que iniciamos el retorno hacia aquel lejano punto en que habíamos dejado el coche, ahora aparcado allí con la sola compañía de algún otro incauto y sin rastro de los "vigilantes" del campo de maíz. Nos hemos reído mucho, sobre todo de que alguien se las haya ingeniado para ganarse el día con imaginación y sorteando el control de la autoridad, como debió hacerse siempre en los mercados y ferias desde hace siglos.

martes, 14 de julio de 2009

Spissky Hrad, Bardejov y Kezmarok

Salimos muy temprano para iniciar una excursión por la región. El día amaneció muy gris y con una lluvia ligera pero persistente, nada más entrar en la carretera que deja atrás la ciudad de Levoca se empieza a ver la silueta del castillo de Spis, su tamaño es impresionante, se dice que se trata de la mayor fortaleza de Centroeuropa y, aunque paseando por sus ruinas resulta difícil imaginarlo, llegó a estar habitado por unas 2000 personas durante el siglo XVII.
Lo que más sorprende es que está construido totalmente en travertino, la piedra de la zona y los caminos más frecuentados relucen como mármol pulido por el desgaste del paso de millares de viandantes, aunque eso los hace un poco peligrosos un día húmedo y lluvioso como el de hoy.
La capilla gótica del castillo está rehabilitada y convertida en un pequeño museo dedicado a la historia de la propia fortaleza, con distintos tipos de armas y armaduras de distintas épocas, así como diversos hallazgos arqueológicos que corroboran la antigüedad del poblamiento en esta zona, en otra sala, denominada "de la justicia" pueden verse diversos artilugios utilizados para impartir justicia (torturar o aplicar la pena de muerte) con paneles que explican su funcionamiento. El ascenso a una de las torres permite contemplar un amplio panorama y la pequeña ciudad de Spisska Kapitula, un lugar que intentaremos visitar sin conseguirlo por la mala señalización y una cierta desorientación por nuestra parte, por eso Levoca y su región deben merecer una segunda visita o más.

Toda la visita al castillo se hace de forma muy tranquila, no hay muchos visitantes, cosa impensable en otros países, y casi todo el turismo es interior, de la propia región o de otras zonas de Eslovaquia, poco a poco ha ido dejando de llover, aunque le día sigue gris y con neblina en las tierras bajas. Recogemos el coche en el aparcamiento y salimos hacia Bardejov, una ciudad de algo más de 30.000 habitantes, declarada Patrimonio de la Humanidad, que conserva gran parte de sus murallas medievales y en la que sobresale su gran plaza del mercado (Radnicné námestie), rodeada por un espléndido conjunto de casas medievales y renacentistas, algunas con sus fachadas decoradas con pinturas. Ocupando el centro de la plaza, el ayuntamiento del siglo XVI y, al fondo, la iglesia de sv. Egídi, otra construcción gótica que conserva en su interior un total de 11 altares de la época.

El Bardejov antiguo es un recinto bastante pequeño, levemente redondeado en los bordes que abraza su muralla y en el que esa imponente fila de casas con el hastial en perpendicular a la línea de la calle conducen a uno hasta ese gran hueco urbano de la plaza del mercado, con la iglesia cerrando el lado opuesto y obligando a rodearla a quien entraba o salía de esta vieja ciudad. Lo nuevo se extiende a partir de este núcleo, tras el pequeño cinturón verde que se pega a los muros medievales, siempre con densidades bajas y marcando un límite claro con el campo.
De aquí nos vamos a Kezmarok, otra ciudad protegida, de menos de 20.000 habitantes, aunque más bulliciosa que esta que dejamos, tal vez en ello influye la hora en que entramos en ella. Dejamos el coche en un aparcamiento de pago en un espacio libre al borde de una calle de acceso, está controlado por un hombre con el que cuesta entenderse, pedimos nos cobre por una hora y, como está ya hasta los topes, nos dice que estacionemos delante de otro vehículo, me deja un poco intranquilo, pues me pregunto como se sale de allí. Tras una breve visita callejeando, decidimos comer en un restaurante local, por lo que nos vamos hasta el aparcamiento para renovar el pago de la estancia, llegamos cinco minutos pasada la hora y hay un buen lío montado, el coche ante el que hemos estacionado por indicación del vigilante hace rato que quiere salir y no puede, como no entiendo lo que me vocifera el individuo, aprovecho para mandarlo a la mierda y decirle que toda la culpa es suya, porque yo solo me he retrasado unos minutos, en fin, renuevo el pago por más tiempo y aprovecho el hueco dejado por el que se va para poner mi coche en una posición correcta sin hacer ni caso a las indicaciones que, de nuevo, me hace el vigilante.
La comida el restaurante del Hotel Club nos hace olvidar este desagradable incidente, pedimos platos que son propios de la gastronomía de la zona en un ambiente muy confortable y relajado.

El nombre de la ciudad deriva de Käse Markt (Mercado del Queso) de cuando esta zona estaba habitada por una importante comunidad luterana y constituía una ciudad que ya en el s. XVI rivalizaba con la capital Levoca, de esta época se conserva el castillo restaurado (Hrad) ahora como sede de un museo, utilizado como cuartel general de la Gestapo durante la Guerra.



El casco antiguo es bastante amplio y revela la importancia que tuvo esta ciudad, conserva también muchos elementos de interés, se emplaza en la confluencia de dos ríos que lo protegen según gran parte de su perímetro. En uno de los extremos se levanta el castillo, como probable remate del desaparecido cinturón de murallas, en él convergen las tres calles interiores longitudinales que se van abriendo en abanico de la misma forma que lo hace el cauce de los ríos que delimitan la inicial trama urbana.

No ha crecido mucho la ciudad desde su época de mayor esplendor, allá por los inicios del s. XVIII, y salvo la proximidad de la pequeña localidad de Lubica, al borde del río menor y ya unida a la ciudad por un extenso desarrollo de casitas unifamiliares, en el Kezmarok nuevo solo destaca un grupo de bloques de vivienda colectiva en medio del campo de la optimista época del alojamiento para las masas y la baja densidad del resto del desarrollo natural del casco, así como una zona industrial en la otra orilla.

En la oficina de turismo nos dan una hoja con un plano en el que se señalan las principales curiosidades a visitar, esta pequeña guía se complementa en cada lugar con carteles indicadores en varios idiomas. Además de la nueva iglesia evangélica y el ayuntamiento o las antiguas casas cercanas al mismo en unas bonitas calles laterales, o la basílica de sv. Kríza, uno no puede perderse la Drevený artikulárny kostol, ahora abierta de nuevo al público, tras reparar sus graves daños estructurales. Se trata de un curioso templo evangélico construido en 1717 totalmente en madera y con capacidad para 1.400 personas, decorado en su interior con pinturas de carácter religioso. Junto a este edificio, se conserva el antiguo Lyceum, donde se formaban las clases dirigentes luteranas.

Salimos de Kezmarok en dirección a Tatranska Lomnica, con la intención de utilizar un teleférico que nos llevaría a la cima de esos montes, pero como suele ser habitual en estos casos, cuando llegamos, la cumbre se encuentra cubierta por la bruma, por lo que no podremos apreciar el vasto panorama que se domina desde allí, así que abandonamos esa idea y recorremos en coche esa zona turística de la parte baja de la montaña, sede del Parque Nacional de los Tatra y donde se suceden los cámpings y las cabañas de madera, recuerdo de esas vacaciones del antiguo régimen en contacto con la naturaleza que aún siguen siendo una forma habitual de turismo en el país.

lunes, 13 de julio de 2009

Hacia Eslovaquia


El jueves 10 de agosto salimos de Ostrovacice hacia Eslovaquia, recoger el equipaje fue sencillo pues teníamos todo ya preparado en nuestra cabaña del cámping, así pudimos iniciar la ruta a las nueve de la mañana, una hora bastante temprana para lo habitual en nuestras vacaciones. Los 20 km. que nos separan de Brno los recorremos por autopista pero invertimos en ello más de una hora debido a un atasco monumental que rodea todo el acceso a la circunvalación de la ciudad. Tras abandonar Brno, el itinerario sigue por carreteras nacionales y locales, por lo que resulta imposible calcular el tiempo de viaje, alcanzamos la frontera eslovaca, donde nos piden nuestros pasaportes y no vemos ningún lugar donde adquirir la viñeta para circular por las autopistas nacionales, tras un tramo de carretera después de Uhersky Brod, encontramos una especie de tienda y bar donde indican que la venden, aprovechamos para cambiar algo de dinero en coronas eslovacas y tomamos la autopista en dirección a Trencin, donde anuncian que se acaba la misma y debemos seguir por carretera, en este punto empieza el sufrimiento, se conduce sin el menor respeto a las normas de circulación, los adelantamientos son siempre buscando mejorar la posición en una cola interminable, cruzándose con el vehículo que viene de frente, y da igual que sea un camión, pues ellos también adelantan, si pueden (y por el tamaño si no pueden te obligan a poder) en esas mismas circunstancias.

Tal como había pensado, el mapa que tenemos en el navegador no incluye Eslovaquia, por lo que tenemos que comprar un plano de carreteras en una gasolinera, sin embargo, tanto la escala como la definición del mismo son muy acertadas y nos será de gran ayuda. Alrededor de las 14,45 hacemos una parada en un área de descanso para comer unos bocadillos y en media hora estamos de nuevo en la carretera hacia Levoca, donde tenemos intención de establecernos durante unos días. Los tramos de carretera dejan ver las obras de la autopista futura aquí y allá, sin conexión entre ellos, las pilas de los viaductos se montan con andamiaje y encofrado manual, todo un prodigio de ingeniería artesanal que sospecho tardará años en rematarse.

A medida que transcurre el día, el buen tiempo va dejando paso a los nubarrones y ya sobre las cuatro de la tarde empieza a llover, llegamos al cámping de Levoca y cogemos un bungalow, una curiosa cabañita de alzado pentagonal, de medidas mínimas pero muy agradable, en medio de ese claro en el bosque que es todo el conjunto del emplazamiento. Una vez instalados nos acercamos a Levoca, aunque no es un buen momento para hacerlo, como es habitual, a las seis de la tarde la calle ya parece muerta, apenas hay gente y todas las tiendas ya han cerrado. Entramos en una panadería que todavía está abierta, uno de esos locales donde la iniciativa privada lucha por sobrevivir con oficios tradicionales, compramos unas estupendas piezas de bollería para el desayuno.

Respecto a la ciudad, Levoca tiene unos 14.000 habitantes y fue la antigua capital de la región de Spis, situada en una zona estratégica en relación con diversas rutas que atravesaban la zona, me sorprende descubrir que uno de estos itinerarios era el Camino de Santiago. A Santiago está dedicada la iglesia de la plaza principal y la fachada de una institución religiosa muestra la efigie del apóstol con el sombrero y la concha del peregrino, la iglesia y sus espléndidos retablos no podremos verla en esta ocasión por motivo de unas obras de restauración, pero volveremos en otro viaje a recuperar esta carencia. Todo el casco antiguo mantiene gran parte de su antiguo perímetro amurallado y el acceso a la plaza principal, Námestie Majstra Pavla (el autor de los retablos góticos y uno de los principales representantes de la escultura centroeuropea de esa época) se verifica atravesando una de las antiguas puertas. En la plaza, junto a la iglesia de Sv. Jakub, está el antiguo ayuntamiento gótico, levantado en el año 1555 y remodelado al estilo renacentista, que todavía alberga al consistorio y a una parte del museo de historia de la región. Junto al ayuntamiento hay una jaula de hierro en la que se cuenta que encerraban a las mujeres que habían cometido adulterio u otros delitos para exponerlas al escarnio público, que llaman por ello "jaula de la vergüenza".

Pasear por la ciudad así, casi sin gente, con todo el mundo en sus casas preparando la cena o viendo la tele es un poco extraño a horas tan tempranas, pero ya nos iremos acostumbrando a ello, todo el conjunto de edificios que hacen frente a la plaza principal tiene un gran interés, muchos con sus fachadas pintadas, entre los que destaca la casa Thurzo, de una antigua familia de comerciantes y la del maestro Pavol de Levoca, varias de ellas están pidiendo a gritos una inminente restauración, antes de que sea demasiado tarde, pues el antiguo régimen nunca dió excesiva importancia a estos vestigios de la antigua vida burguesa, ahora habitados por familias de lo más normal en su mayoría.