viernes, 22 de mayo de 2009

Domazlice y Klatovy

Amanece y decidimos tomarnos la mañana de reposo, para aligerar el peso de tantos kilómetros acumulados sin apenas salir del coche, ya por la tarde, iniciamos una pequeña excursión para visitar dos poblaciones relativamente próximas. Nuestra primera parada es Domazlice (de nuevo pido disculpas por la incorrecta escritura, sin el triangulito invertido sobre la "z" y, ya sé que así no se lee igual en el idioma de origen). Es una pequeña ciudad, de unos 12.000 habitantes, con un interesante casco histórico de origen medieval, cuando fue lugar de asentamiento del grupo eslavo de los Chod, encargados de proteger y vigilar los bosque de esta región por los reyes.
La plaza central, como en gran parte de las antiguas ciudades del imperio austrohúngaro, es la calle principal que se ensancha para acoger al lugar de mercado, también, como es habitual, sorprende la calidad de las fachadas y la armónica convivencia de estilos dentro de una regulada unicidad de cornisa.

Coincidimos en nuestro paseo con la preparación de un concierto callejero en la propia plaza y hacemos tiempo hasta que empiece, gente mayor se acomoda en los bancos frente al escenario para escuchar polkas, valses y toda esa música festiva propia de la Europa Central, hemos entrado en ambiente. Los pasos porticados de las edificaciones que dan a la plaza invitan a recogerse en ellos del calor, en los bajos, la vida comercial un poco incipiente y, a veces, casi de supervivencia de estos héroes que se han lanzado a la economía de mercado como medio de vida en países que llevaban media historia negándola. Comprobamos que incluso han llegado ya los chinos y causan estragos entre los arriesgados moradores locales que se dedican al negocio.

Ligeramente inclinada, la torre blanca de la iglesia de la Natividad se alza en un extremo de la nave del templo, que se macla con las propias fachadas de ese lado de la plaza, los restos del antiguo castillo están ocupados ahora por un museo dedicado a la historia de la ciudad.

Paseamos por la zona histórica con tranquilidad y seguimos escuchando de fondo esas canciones alegres, tan adecuadas para disfrutar con una jarra de cerveza, acompañadas del sonido de las palmas. Una lástima que, casi siempre, estos espacios públicos funcionen a la vez como lugar de estacionamiento de vehículos, las filas de coches les restan espectacularidad. Algún día, el progreso traerá también hasta aquí un aparcamiento subterráneo y devolverá el adoquinado a los viandantes.




Klatovy es una ciudad algo mayor que la anterior, con poco más de 20.000 habitantes, donde la forma redondeada que definía el perímetro amurallado levantado a partir del siglo XIII, se encuentra ahora rodeado por esos característicos nuevos crecimientos de bloques colectivos y viviendas aisladas. La trama de la ciudad histórica, dentro de ese recinto redondeado que describe la huella de una muralla de la que se conservan algunos tramos en medio de las zonas verdes que la rodean es, sin embargo, sumamente regular, con manzanas rectangulares de diferentes dimensiones, una traza planificada presidida por un gran vacío central, una gran plaza cuadrada que, como siempre, sigue canalizando el tráfico en su contorno y sirviendo de aparcamiento. Encontramos un sitio para dejar el coche en la misma plaza.

Como de costumbre, a esta hora de la tarde, aún muy temprana para nosotros, todo el pequeño comercio local ha cerrado ya y solo están en el lugar los propios moradores, poca gente por la calle y solo un par de restaurantes funcionando. La población fue una de las más prósperas de la región de Bohemia y famosa por el cultivo de claveles, cultivados a partir de semillas traídas de Francia.

La plaza, que tiene una acusada pendiente ascendente hacia donde sobresalen las torres de los edificios eclasiásticos y civiles representativos, concentra las principales curiosidades del lugar, en uno de sus extremos, la impresionante Torre Negra, que forma parte del antiguo Ayuntamiento renacentista, justo detrás de ella, las dos torres de la iglesia de los jesuitas, con su revestimiento blanco contrastando con la piedra oscura de la anterior y, en uno de los laterales de la propia plaza, la Farmacia del Unicornio Blanco (todo hace referencia a dos colores antitéticos) con su interior conservado del siglo XVII. Lógicamente, solo podemos adivinarlo a través de la verja y los vidrios del local, además, a mala idea y para que uno la visite (cuando está abierta) apenas dejan ver nada. Tras recorrer todos los lados de la plaza apreciando sus distintos frentes de edificación, muy homogéneos y coloristas, nos internamos en el reducido casco antiguo y en un pequeño parque al que dan los restos de la muralla, junto a un Instituto de secundaria.




Hacemos el camino de regreso a nuestra base al borde del lago, cuando llegamos, a las 20,00 horas, la humedad y el frío hacen que parezca un día diferente u otra estación, la gente ya ha encendido sus hogueras y el olor a humo nos recorre por todas partes.

Destino Polonia

Este viaje lo iniciamos en Agosto del 2007, el objetivo, que siempre se va acomodando a la propia marcha, según las cosas van surgiendo, era llegar hasta Polonia y quizá recorrer buena parte de ese país, pero lo mejor de los viajes es lo que uno va encontrándose de camino, por eso no hay que imponerse metas sino empezar a andar, o a conducir, en este caso.
Como siempre, es necesario desplazarse a lo largo de esos miles de kilómetros de ruta rápida, itinerarios de autopistas europeas, para aprovechar el tiempo, siempre escaso, del que se dispone durante el mes de vacaciones para acercarse desde esta punta del Finis Terrae a las regiones que se pretenden recorrer con cierta calma.
Iniciamos la ruta a las once de la mañana el segundo día de ese mes de verano desde nuestra casa en Vigo y tras una pequeña retención en el paso por Irún, hicimos una primera etapa en la localidad francesa de Abzac, adonde llegamos cerca de las nueve de la noche, elegimos este cámping porque lo conocemos de otras ocasiones y sabemos que pueden atendernos en recepción a esa hora, es además, un lugar bastante tranquilo y agradable.
El día tres de Agosto conseguimos superar la difícil travesía de Francia de Oeste a Este, trayectoria que sigue siendo algo complicada dentro del sistema radial centralizado de la red viaria del hexágono, a las 20,15 estábamos en Neuenburg, en Alemania, en otro cámping de etapa ya conocido.
La mañana siguiente, tras aprovisionarnos en el Aldi de la zona comercial de Neuenburg, un lugar en las afueras de la población ordenado y planificado para situar supermercados y comercios de todo tipo con sus aparcamientos arbolados, salimos en dirección a la frontera con la República Checa. Durante el trayecto nos encontramos con muchos tramos en obras a lo largo de la autopista, circunstancia que nos fue retrasando la marcha respecto a nuestros planes iniciales.
Tras hacernos con la "viñeta" adhesiva que justifica el pago del canon para circular por la República Checa y cambiar euros por coronas, nos dirigimos hacia Nepomuk, pequeña población de los alrededores de Plzen donde hemos previsto nuestro primer cámping de base. Supongo que el nombre de la población tiene que ver con San Juan Nepomuceno, un mártir nacional que murió por no querer revelar los secretos de confesión de la reina y que es patrono de los puentes, entre otras cosas, efectivamente, cruzamos un puente antes de entrar en esa localidad, llevamos unos 30 km. desde que dejamos la autopista y, curiosamente, no ha habido ningún cartel indicador que señale por donde se va al cámping, tenemos la suerte de que es uno de los que pueden elegirse en el navegador como punto de interés. Atravesamos un denso bosque, con la carretera recortada y estrecha entre el arbolado, en el tramo recto, los pocos vehículos que circulan lo hacen a gran velocidad, alguna gente la recorre en bicicleta, me asombra lo peligrosa que parece la convivencia entre ambos tipos de vehículos y la naturalidad con que comparten el recorrido sin ningún tipo de accidente. Cuando estamos a solo 200 m. de nuestro destino, tal como confirma el navegador, aparece el único indicador de cámping, desvío a la derecha entre la espesura del bosque y estamos ante la barrera de la recepción, al fondo, un gran lago y más bosque por todas partes, el lago lo recorre una pareja de cisnes, muy celosos de preservar su territorio ribereño frente a cualquier tipo de intruso, el lugar es muy agradable, solo hay checos y algún eslovaco de vacaciones, un ambiente muy familiar. Al llegar la noche, parejas, padres con sus niños, matrimonios mayores, encienden una hoguera y pasan el rato al calor del fuego, algo que recuerda a los campamentos de boy-scouts o cosa similar.

De vuelta a casa

No me extenderé mucho más sobre el recorrido de regreso, solo tiene carretera, mucho conducir y algún desvío por el camino para hacer noche, en Francia paramos en un cámping en las proximidades de la Camargue, como siempre, arriesgándonos a no poder entrar por llegar más tarde de las 19,00 horas y, efectivamente, pasaban tan solo unos minutos y ya habían cerrado el portalón, menos mal que tienen también un pequeño bar y tienda, hablo con el hombre que la lleva, es el propietario y nos abre la recepción, comenta que hay croissants y chocolatines frescos para el desayuno de mañana pero, si los queremos, debemos reservarlos, ¡por supuesto! no vamos a renunciar a uno de los grandes placeres gastronómicos de este país.
Estamos en una localidad que se llama Lambesc, el cámping se encuentra en medio de un pinar, tiene unos buenos bungalows, que deberemos probar en alguna otra ocasión si venimos con más gente y la bollería del desayuno no defraudará a nadie. Cuando la recojo, leo en el titular del periódico local que ha habido un grave accidente aéreo en Madrid.
Ya habrá tiempo para ponerse al día, tanto de eso como de las Olimpiadas. Al final, han sido 7722 km. recorridos en un viaje que nos ocupó buena parte del mes de Agosto de 2008.

Camino de Bressanone

Salimos de mañana para hacer carretera todo el día, no estamos demasiado lejos de nuestro punto de encuentro en el Adige, pero el recorrido al margen de las autopistas lleva su tiempo. Nuestro descubrimiento esta vez va a ser la carretera de los Dolomitas de Carintia (número 111), un auténtico itinerario alpino, estrecho, con curvas imposibles, pendientes fabulosas, donde se disfruta casi tanto conduciendo como apreciando este paisaje majestuoso de montaña, todo perfecto, como de postal turística. Muchas veces me pregunto si en este país no está todo preparado previamente para que los viajeros hagan sus fotos, los campos de maíz siempre sin que sobresalga una mazorca por encima de la otra, los bordes de vegetación recortados con tiralíneas, las vacas pastando inmóviles justo en el ángulo adecuado, las florecillas que suelen crecer al azar parece que aquí hubiesen sido plantadas adrede para dar justo el necesario contraste de color, incluso las mariposas parecen posarse cerca de uno para reclamar la instantánea de la cámara. Por cierto, siento no tener imágenes de todo esto, había agotado tanto la batería como la tarjeta de memoria.
El tramo final del recorrido, ya cerca de Bressanone, no tiene nada que ver con este anterior, se nota demasiado la proximidad de Italia, sobre todo en el tráfico, es una zona muy visitada y hay atascos constantemente en esta época del año y supongo que también en la temporada de vacaciones invernales. Nuestro cámping está en el recinto de un hotel y al borde de un arroyo de montaña, es pequeño pero muy cómodo, nos permite acercarnos caminando hasta la ciudad, un hermoso conjunto de origen medieval que desconocía y me ha sorprendido gratamente, conserva su aspecto de villa itinerario, etapa en un penoso recorrido de travesía alpina para gentes y mercancías, la hemos paseado con gusto en compañía de nuestros amigos y hemos cenado en una terraza al aire libre unos impresionantes chuletones, nos tomamos algo en otro bar que todavía queda abierto y nos despedimos, hasta el año próximo si no podemos vernos antes, ya de madrugada.
El retorno caminando de noche se nos ha complicado un poco, hemos perdido las referencias que se aprecian con la luz del día y nos hemos desorientado, con una cierta angustia, porque no hay nadie a quien preguntar, decidimos pararnos y replantearnos en que parte de la zona nueva de la ciudad estamos para saber hacia donde tenemos que dirigirnos, consigo averiguarlo y, esta vez, ya emprendemos la marcha sin problemas.

Austria por carreteras secundarias

Es una experiencia que siempre quisimos tener, recorrer ese país al margen de las autopistas para disfrutar con tiempo del paisaje y comprobar la diferencia que existe entre ambos tipos de recorridos. Puedo adelantar que, la fundamental, es que resulta impensable hacer medias superiores a los 60 km/h. para cualquier recorrido por este tipo de viales, así que, lo fundamental, es tener tiempo y mucha calma.
En esta ocasión teníamos suficiente de ambas, habíamos quedado, como cada mes de Agosto, en vernos un día con nuestros amigos Erich y Äenne, esta vez en Bressanone (Brixen), una ciudad fronteriza, medio italiana y medio alemana, en el Alto Adige, esta vez ellos han tenido que cambiar su habitual tramo del Camino de Santiago que vienen avanzando desde su localidad de origen en el Sur de Alemania por un recorrido a lo largo de esta zona alpina, que también tiene mucho que ver con esos itinerarios medievales europeos que trasladaban cultura e ideas de un lugar a otro.
La travesía de Hungría es muy cómoda y rápida, todo por autopista, entramos en Austria desde Körmend y empezamos a recorrer una zona rural en la que se suceden un montón de pueblecitos al borde de la carretera, necesitamos encontrar un cajero para retirar euros y un bar o cualquier sitio donde podamos utilizar el baño. Y no resulta fácil, la primera cervecería está cerrada, la mayoría de los pueblos no tienen más que casas particulares, los restaurantes, siendo lunes y primeras horas de la tarde, o no han abierto o también están cerrados ya... Por fin, una localidad no mucho mayor que las anteriores, tiene un centro comercial con un amplio aparcamiento, una especie de hipermercado con locales de todo tipo, entramos en una cafetería-heladería, nos tomamos unos cafés de esos en gran taza y unos helados, como siempre de una carta específica del local y con cierta elaboración en la presentación, algo que en nuestro país solo pasa en locales especializados y, además, con una inmejorable relación calidad-precio.
Seguimos ruta con tranquilidad hacia nuestro destino ya elegido, un cámping de etapa en la región de Kärnten (o Carintia en la traducción española), en la localidad de Eberndorf. Al final acabamos yendo bastante justos de tiempo para entrar en la recepción a una hora razonable para estas gentes y poder montar la tienda con luz natural. Para complicar más las cosas, cuando estamos ya a unos tres km. nos encontramos con un cartel que dice que la carretera está cortada por obras y, suponiéndonos el conocimiento del territorio de los lugareños, no se indica cual es la alternativa de acceso. ¡Menos mal que tenemos el navegador! o eso pensábamos. El muy cerdo nos va a jugar una mala pasada difícil de olvidar.
Vuelve a planificar el itinerario, seguimos de frente la carretera por la que veníamos y, al llegar a un cruce, nos dice que giremos a la derecha, lo hacemos y comenzamos a internarnos por un camino agrícola que se va estrechando a medida que avanzamos entre los campos, además de estrecharse, las rodadas de los tractores, sobre las que vamos circulando, se van haciendo cada vez mas profundas, primero empezamos a notar el roce del matorral existente entre ellas por los bajos del coche, después, empieza a rozar algo más que el matorral y, finalmente, es imposible seguir avanzando sin quedar encallados en este mar campestre, al fondo se ve ya la silueta de la iglesia del pueblo, pero es inútil tratar de llegar por este camino. La solución tampoco es nada fácil, desandar unos 2 km. marcha atrás con sumo cuidado de no sacar ninguna de las cuatro ruedas de esta especie de profundos carriles de pista de slot, porque, lógicamente, cualquier otro tipo de maniobra, como tratar de dar la vuelta, está imposibilitada por la barrera física que constriñe lateralmente cada una de las ruedas. Con paciencia, alcanzamos el punto donde se acaba el bosque y empiezan los campos, donde ya se puede dar la vuelta, curiosamente hay allí algo similar a nuestros cruceiros, con una imagen religiosa, mi compañera viajera me comenta que le extrañó ver en ese lugar a una chica caminando y que no nos mirase con extrañeza o nos hiciese indicaciones de que por allí no íbamos a ningún lado. Le digo que, en esos casos, es mejor no dirigirse de palabra a esta gente, estoy seguro de que son apariciones y hablar con ellos te pone en contacto con una dimensión desconocida de la que quizá no llegas a salir, o al menos, eso contaban las historias que escuché de niño, creo que eso lo explica todo.
Nueva planificación de ruta del navegador y, por fin entramos en el cámping, como siempre, muy amables en la recepción, la primera vez que vienen españoles aquí, nos dicen, hablan un poquito en nuestro idioma. Las instalaciones son de auténtico lujo, en los lavabos una toallita húmeda con la que cada cual deja el que ha utilizado en perfecto estado de presentación, todo un impacto respecto a lo que acabamos de dejar atrás en nuestro viaje. Hay una playa en un lago al fondo del emplazamiento, ni un solo ruido cuando cae la noche, todo rodeado de bosques, un lugar espléndido desde el que parten varias rutas de montaña para hacer en bicicleta, algún día volveremos para quedarnos un tiempo.

jueves, 21 de mayo de 2009

El Parque de las Estatuas. (Memento Park)

Tras la caída del comunismo, la recuperación de las heridas de la memoria llevó a la retirada de cualquier símbolo que hiciese referencia a ese período en el paisaje urbano de la ciudad (lo que se podía borrar, porque las viviendas no se les ocurrió que fuesen sustituibles, tenían gente dentro y quizá no sabían que hacer con ella), así que iniciaron una campaña que descabalgaba de sus pedestales a todas las estatuas de los héroes y personajes ilustres de esa época revolucionaria o revolucionada, algo que a nosotros también nos suena respecto a otro período de nuestra historia. Alguien tuvo entonces la idea de reunir todas esas esculturas que presidían, hasta entonces, espacios urbanos significativos dentro de la ciudad y acumularlas en una especie de parque temático al aire libre, este hecho, que parece tan simple, ha resultado ser una aventura singular dentro del antiguo bloque de la Europa del Este y se ha convertido en una atracción turística más de la ciudad.
Después de comer caminamos con prisa porque sabíamos que había un último autobús de tarde (a las 15 horas, o sea tardísimo) que nos llevaba hasta ese parque de las estatuas, tras localizar un punto de información turística nos dicen que, efectivamente, sale de esa gran plaza que es a la vez una estación de autobuses por la cantidad de paradas que recorren todo su contorno, vamos leyendo todos los indicadores, al filo del minuto de salida, y ninguno de los vehículos señala que lleve a ese lugar, damos una segunda vuelta fijándonos más y, en ese momento, el conductor de uno que está a punto de salir, probablemente adivinando, tanto nuestro despiste como nuestras intenciones, coloca en el frontal el cartelito que pone Memento Park, subimos y pedimos los billetes, que incluyen la entrada, a la chica que hace de guía o asistente del conductor, están ya casi todos los asientos ocupados por turistas.
Nada más arrancar suenan por los altavoces esas marchas o canciones inflamadas de fervor de la época, cantadas por un coro de hombres, para entrar en ambiente, el autobús parece proceder también del mismo período histórico, entre los atascos que va salvando por carriles en los que siempre algún turismo con matrícula foránea obstaculiza la circulación y el esfuerzo que al motor le cuesta ya alcanzar unas mínimas prestaciones, el viaje se hace bastante largo pero constituye una experiencia única e irrepetible. Algún extranjero iluso manipula los mandos del aire acondicionado presuponiendo que algún día existió o que todavía, a estas alturas, pudiese funcionar. Tras unos veinte minutos de trayecto se llega a esta especie de museo al aire libre, ordenado con unos paseos en la hierba que van llevando a las distintas esculturas, incluye también una exposición muy interesante sobre las distintos movimientos de contestación interna que tuvo el régimen y la represión posterior, así como una proyección permanente, con subtítulos en inglés, acerca del sistema de vigilancia y métodos de control que se ejercía sobre la práctica totalidad de la población, a veces en tono divertido, demostrando como la paranoia de la vigilancia constante o el sentirse constantemente observado, hace ver cosas donde no las hay.
Una cita con la novia a escondidas de la familia podía ser un inicio de una conspiración secreta, la llamada oficial del servicio de salud para un chequeo rutinario permitía a un agente entrar en tu domicilio previo hurto y copia en molde de plastilina de tu propia llave cuando te hacían desnudarte para someterte al examen médico, ciertas instrucciones indicaban los lugares donde resultaría habitual esconder material comprometedor (a veces eran simplemente condones, por ejemplo), por su parte, la ciudadanía, desarrollaba métodos de contraespionaje para saber si estaban siendo vigilados, tan sofisticados como los de los propios controladores, colocar un pelo o un trocito de papel en alguna parte de la puerta cuando se salía de casa hacía posible saber si alguien había entrado... Pero la triste realidad, como conclusión de toda esta película y si se siguen los paneles explicativos de la exposición, es que todo esto ha provocado mucho sufrimiento, una tristeza infinita y una gran cantidad de gente a la que se ha privado de vivir, a veces, incluso, en el sentido literal de la espresión.
Volviendo al parque y tras meterme en un Trabant destartalado que tienen para disfrute de los visitantes, aunque un par de jóvenes con aspecto alternativo o antisistema parecían entender que era de su propiedad (algo que seguro forma parte de las cosas que hay que abolir en su ideario) iniciamos el recorrido de la parte escultórica, propiamente dicha, del recinto.
Tengo que decir que, a nivel artístico, o de creatividad, hay de todo, mayoritariamente cosas muy malas a nivel formal, a veces de un realismo que casi causa pavor por su desmesura o expresividad, pero también alguna escultura cuyo valor podría trascender respecto a lo que representa.




Así que voy a evitar la imagen del gigante soldado soviético con esos ojos tallados con un inmenso punto en medio del iris que le proporciona una mirada terrorífica, rostro con el que imagino asociarían aquí los niños al hombre del saco. De la típica imagen de Lenin en la tribuna de orador, con la mano extendida hacia las masas, se cuenta que, durante una protesta de un grupo de trabajadores, apareció con un bocata en la misma, como tratando de decir que, menos predicar y más dar trigo (o pan en forma de bocata) cosa que causó un tremendo revuelo y la busqueda despiadada del gracioso que se había atrevido a tal ultraje.

Como curiosidad señalaré también que hay un grupo escultórico bastante penoso, en su conjunto, dedicado a las Brigadas Internacionales que combatieron en nuestra Guerra Civil, con los nombres de las principales batallas grabados en un bloque de granito. También resulta curiosa la tienda de recuerdos del museo, tanto con material histórico como con nuevos productos alusivos a ese tiempo, casi siempre más con un aire de burla que nostálgico.

El recorrido de vuelta en el autobús coincide con el regreso del fin de semana y se hace bastante más prolongado que el de ida, con constantes bocinazos para que desocupen el carril reservado al transporte público, tras varios intentos de retirar dinero en los cajeros de la Avenida Andrássy, algunos infructuosos por "fuera de servicio", caminamos a lo largo del río por última vez, hasta la estación. Hemos tenido que utilizar muy pocos billetes porque casi nunca había revisores pidiéndolos, quizá queden para otro viaje un año cualquiera.

Buda, la colina y la ciudad baja


Esta mañana, un 17 de agosto, salimos hacia la estación, esta vez ya con nuestros billetes y sin agobios, para volver a visitar Budapest, en esta ocasión, la parte de la capital que se sitúa a poniente respecto al río, la colina defensiva, con características topográficas contrapuestas en relación al inmenso ensanche decimonónico que puebla la parte plana de Pest (el lado Este del Danubio) el contraste es total, tanto por su evolución histórica como por el propio territorio sobre el que se asientan una y otra parte de la capital.

Nada más salir de Batthyány tér, la estación término de nuestro recorrido ferroviario, descubrimos a que respondía todo el andamiaje que ayer veíamos montar al borde del río, nos recibe una competición de acrobacia aérea organizada por una famosa bebida milagrosa que también pone alas a quienes la consumen, o eso dice su campaña publicitaria, nos quedamos un rato viendo como se prepara todo y las primeras pasadas de tanteo de algunos de los competidores. Hay mucha gente ya instalándose en los graderíos desmontables para contemplar el espectáculo.
La parte baja de Buda está constreñida entre el pie de la ladera y el borde del río, y gravita en torno a Clark Adam tér, la plaza de planta circular en que remata el puente de las cadenas antes de atravesar el túnel que conduce al tráfico al otro lado de la colina, todo ello obra del ingeniero al que han dedicado la plaza. Resulta interesante ver como se trató la entrada del túnel como si fuese un elemento urbano más, con una especie de fachada-puerta, algo que suele olvidarse en los que se hacen hoy en día. Muy cerca de la plaza se encuentra un funicular de esa época en que se construyeron el puente y el túnel, recuperado en 1986, en el que subiremos al Palacio Real para visitar la parte alta de Buda. Los vagones del funicular forman tres cuerpos escalonados, siguiendo la pendiente de la vía sobre la ladera, con tres compartimentos distintos y que, en principio, tenían que ver con esa distribución en distintas clases que caracterizaba los viajes en tren en esa época y tiene la ventaja de aportar la visión directa, frontalmente, del panorama sobre la ciudad, como si nos hubiésemos sentado en un graderío.

Del funicular se sale justo en la zona de acceso al Palacio Real (Várpalota) construcción monumental que sobresale y domina la silueta de la ciudad desde el río. Es fin de semana y nos ha coincidido una feria de muestras y artesanía dentro de la explanada del palacio, por todo el exterior se ha instalado también un montón de puestos de venta de todo tipo de objetos y productos, la entrada al palacio supone el acceso a la feria, como no podemos dedicarnos a ambas cosas, nos encaminamos hacia el barrio de la Fortaleza, una diminuta ciudad medieval que supone un contrapunto respecto a la majestuosa Avenida Andrássy y su geométrico desarrollo residencial. Tárnok utca, con sus casitas coloreadas, nos lleva hasta la aguja gótica reconstruida del Matyás templon, la iglesia principal que se abre a la plaza con la columna de la Trinidad. Todo tiene una aire tranquilo, pausado y pintoresco, no sé si porque los turistas se han apelotonado junto al Palacio Real o por alguna razón más profunda, hasta un viejo Trabant aparcado nos da la bienvenida al poco de iniciar el paseo.





No solo la restricción del tránsito rodado invita a recorrer esta parte de la ciudad de forma pausada, la irregularidad de su traza proporciona siempre curiosos rincones, las calles estrechas ofrecen la sombra que, a veces, hace incómodo el deambular veraniego por amplias avenidas, visitamos todo con calma, asomándonos a algunos portalones abiertos que dejan ver el patio interior de los edificios barrocos de vivienda de este barrio.

De regreso, tras el viaje de vuelta en el funicular, recorremos la zona de la ciudad baja que se extiende entre el Puente de las Cadenas y el que se encuentra inmediatamente al Sur (Erzsébet híd) para ascender, en una larga caminata plagada de escalones, hasta la Ciudadela, otro de los hitos elevados de este lado de la ciudad, frente a la que asoma, omnipresente, el Monumento a la Liberación, sobre un pedestal de casi treinta metros de altura, una figura femenina, en bronce se asoma al borde de la colina y se hace visible desde casi cualquier punto del cauce del río . La construcción militar amurallada construida por los austríacos a mediados del XIX, sirvió también como último baluarte de resistencia a los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Pero lo realmente impresionante son las vistas que, desde el ascenso por el parque que rodea la propia ciudadela, se tienen del conjunto de la ciudad de Pest.


El descenso nos lleva justo hasta el famoso Hotel Géllert, espléndido edificio modernista con un maravilloso balneario al que no se puede acceder por encontrarse en obras todo el inmueble, del que se adivina el lujo aún tras los andamios. Muy cerca están otros dos balnearios, que por su estado podríamos pensar abandonados, pero simplemente se trata de ese estado decadente en que se encuentran algunas construcciones por falta de presupuesto, los coches aparcados ante la entrada y el flujo de usuarios nos demuestran que funcionan, y a pleno rendimiento.

Entramos a comer en un restaurante que, desde este lado sombrío de la calle no tiene un acceso muy favorecido, a desnivel tras la modificación de la rasante de la calzada, pero tras un pasaje interior por esta antigua construcción, desembocamos en un estupendo patio interior sobre el que se alzan un par de enormes árboles, habilitado como terraza del propio local, la comida no ha desmerecido del propio marco de este emplazamiento privilegiado. Al salir descubrimos que se trata de un local con dos caras, el frente a la otra calle tiene una terraza exterior soleada y atestada de clientes (la antítesis de donde acabamos de estar sentados).