viernes, 22 de mayo de 2009

Camino de Bressanone

Salimos de mañana para hacer carretera todo el día, no estamos demasiado lejos de nuestro punto de encuentro en el Adige, pero el recorrido al margen de las autopistas lleva su tiempo. Nuestro descubrimiento esta vez va a ser la carretera de los Dolomitas de Carintia (número 111), un auténtico itinerario alpino, estrecho, con curvas imposibles, pendientes fabulosas, donde se disfruta casi tanto conduciendo como apreciando este paisaje majestuoso de montaña, todo perfecto, como de postal turística. Muchas veces me pregunto si en este país no está todo preparado previamente para que los viajeros hagan sus fotos, los campos de maíz siempre sin que sobresalga una mazorca por encima de la otra, los bordes de vegetación recortados con tiralíneas, las vacas pastando inmóviles justo en el ángulo adecuado, las florecillas que suelen crecer al azar parece que aquí hubiesen sido plantadas adrede para dar justo el necesario contraste de color, incluso las mariposas parecen posarse cerca de uno para reclamar la instantánea de la cámara. Por cierto, siento no tener imágenes de todo esto, había agotado tanto la batería como la tarjeta de memoria.
El tramo final del recorrido, ya cerca de Bressanone, no tiene nada que ver con este anterior, se nota demasiado la proximidad de Italia, sobre todo en el tráfico, es una zona muy visitada y hay atascos constantemente en esta época del año y supongo que también en la temporada de vacaciones invernales. Nuestro cámping está en el recinto de un hotel y al borde de un arroyo de montaña, es pequeño pero muy cómodo, nos permite acercarnos caminando hasta la ciudad, un hermoso conjunto de origen medieval que desconocía y me ha sorprendido gratamente, conserva su aspecto de villa itinerario, etapa en un penoso recorrido de travesía alpina para gentes y mercancías, la hemos paseado con gusto en compañía de nuestros amigos y hemos cenado en una terraza al aire libre unos impresionantes chuletones, nos tomamos algo en otro bar que todavía queda abierto y nos despedimos, hasta el año próximo si no podemos vernos antes, ya de madrugada.
El retorno caminando de noche se nos ha complicado un poco, hemos perdido las referencias que se aprecian con la luz del día y nos hemos desorientado, con una cierta angustia, porque no hay nadie a quien preguntar, decidimos pararnos y replantearnos en que parte de la zona nueva de la ciudad estamos para saber hacia donde tenemos que dirigirnos, consigo averiguarlo y, esta vez, ya emprendemos la marcha sin problemas.

Austria por carreteras secundarias

Es una experiencia que siempre quisimos tener, recorrer ese país al margen de las autopistas para disfrutar con tiempo del paisaje y comprobar la diferencia que existe entre ambos tipos de recorridos. Puedo adelantar que, la fundamental, es que resulta impensable hacer medias superiores a los 60 km/h. para cualquier recorrido por este tipo de viales, así que, lo fundamental, es tener tiempo y mucha calma.
En esta ocasión teníamos suficiente de ambas, habíamos quedado, como cada mes de Agosto, en vernos un día con nuestros amigos Erich y Äenne, esta vez en Bressanone (Brixen), una ciudad fronteriza, medio italiana y medio alemana, en el Alto Adige, esta vez ellos han tenido que cambiar su habitual tramo del Camino de Santiago que vienen avanzando desde su localidad de origen en el Sur de Alemania por un recorrido a lo largo de esta zona alpina, que también tiene mucho que ver con esos itinerarios medievales europeos que trasladaban cultura e ideas de un lugar a otro.
La travesía de Hungría es muy cómoda y rápida, todo por autopista, entramos en Austria desde Körmend y empezamos a recorrer una zona rural en la que se suceden un montón de pueblecitos al borde de la carretera, necesitamos encontrar un cajero para retirar euros y un bar o cualquier sitio donde podamos utilizar el baño. Y no resulta fácil, la primera cervecería está cerrada, la mayoría de los pueblos no tienen más que casas particulares, los restaurantes, siendo lunes y primeras horas de la tarde, o no han abierto o también están cerrados ya... Por fin, una localidad no mucho mayor que las anteriores, tiene un centro comercial con un amplio aparcamiento, una especie de hipermercado con locales de todo tipo, entramos en una cafetería-heladería, nos tomamos unos cafés de esos en gran taza y unos helados, como siempre de una carta específica del local y con cierta elaboración en la presentación, algo que en nuestro país solo pasa en locales especializados y, además, con una inmejorable relación calidad-precio.
Seguimos ruta con tranquilidad hacia nuestro destino ya elegido, un cámping de etapa en la región de Kärnten (o Carintia en la traducción española), en la localidad de Eberndorf. Al final acabamos yendo bastante justos de tiempo para entrar en la recepción a una hora razonable para estas gentes y poder montar la tienda con luz natural. Para complicar más las cosas, cuando estamos ya a unos tres km. nos encontramos con un cartel que dice que la carretera está cortada por obras y, suponiéndonos el conocimiento del territorio de los lugareños, no se indica cual es la alternativa de acceso. ¡Menos mal que tenemos el navegador! o eso pensábamos. El muy cerdo nos va a jugar una mala pasada difícil de olvidar.
Vuelve a planificar el itinerario, seguimos de frente la carretera por la que veníamos y, al llegar a un cruce, nos dice que giremos a la derecha, lo hacemos y comenzamos a internarnos por un camino agrícola que se va estrechando a medida que avanzamos entre los campos, además de estrecharse, las rodadas de los tractores, sobre las que vamos circulando, se van haciendo cada vez mas profundas, primero empezamos a notar el roce del matorral existente entre ellas por los bajos del coche, después, empieza a rozar algo más que el matorral y, finalmente, es imposible seguir avanzando sin quedar encallados en este mar campestre, al fondo se ve ya la silueta de la iglesia del pueblo, pero es inútil tratar de llegar por este camino. La solución tampoco es nada fácil, desandar unos 2 km. marcha atrás con sumo cuidado de no sacar ninguna de las cuatro ruedas de esta especie de profundos carriles de pista de slot, porque, lógicamente, cualquier otro tipo de maniobra, como tratar de dar la vuelta, está imposibilitada por la barrera física que constriñe lateralmente cada una de las ruedas. Con paciencia, alcanzamos el punto donde se acaba el bosque y empiezan los campos, donde ya se puede dar la vuelta, curiosamente hay allí algo similar a nuestros cruceiros, con una imagen religiosa, mi compañera viajera me comenta que le extrañó ver en ese lugar a una chica caminando y que no nos mirase con extrañeza o nos hiciese indicaciones de que por allí no íbamos a ningún lado. Le digo que, en esos casos, es mejor no dirigirse de palabra a esta gente, estoy seguro de que son apariciones y hablar con ellos te pone en contacto con una dimensión desconocida de la que quizá no llegas a salir, o al menos, eso contaban las historias que escuché de niño, creo que eso lo explica todo.
Nueva planificación de ruta del navegador y, por fin entramos en el cámping, como siempre, muy amables en la recepción, la primera vez que vienen españoles aquí, nos dicen, hablan un poquito en nuestro idioma. Las instalaciones son de auténtico lujo, en los lavabos una toallita húmeda con la que cada cual deja el que ha utilizado en perfecto estado de presentación, todo un impacto respecto a lo que acabamos de dejar atrás en nuestro viaje. Hay una playa en un lago al fondo del emplazamiento, ni un solo ruido cuando cae la noche, todo rodeado de bosques, un lugar espléndido desde el que parten varias rutas de montaña para hacer en bicicleta, algún día volveremos para quedarnos un tiempo.

jueves, 21 de mayo de 2009

El Parque de las Estatuas. (Memento Park)

Tras la caída del comunismo, la recuperación de las heridas de la memoria llevó a la retirada de cualquier símbolo que hiciese referencia a ese período en el paisaje urbano de la ciudad (lo que se podía borrar, porque las viviendas no se les ocurrió que fuesen sustituibles, tenían gente dentro y quizá no sabían que hacer con ella), así que iniciaron una campaña que descabalgaba de sus pedestales a todas las estatuas de los héroes y personajes ilustres de esa época revolucionaria o revolucionada, algo que a nosotros también nos suena respecto a otro período de nuestra historia. Alguien tuvo entonces la idea de reunir todas esas esculturas que presidían, hasta entonces, espacios urbanos significativos dentro de la ciudad y acumularlas en una especie de parque temático al aire libre, este hecho, que parece tan simple, ha resultado ser una aventura singular dentro del antiguo bloque de la Europa del Este y se ha convertido en una atracción turística más de la ciudad.
Después de comer caminamos con prisa porque sabíamos que había un último autobús de tarde (a las 15 horas, o sea tardísimo) que nos llevaba hasta ese parque de las estatuas, tras localizar un punto de información turística nos dicen que, efectivamente, sale de esa gran plaza que es a la vez una estación de autobuses por la cantidad de paradas que recorren todo su contorno, vamos leyendo todos los indicadores, al filo del minuto de salida, y ninguno de los vehículos señala que lleve a ese lugar, damos una segunda vuelta fijándonos más y, en ese momento, el conductor de uno que está a punto de salir, probablemente adivinando, tanto nuestro despiste como nuestras intenciones, coloca en el frontal el cartelito que pone Memento Park, subimos y pedimos los billetes, que incluyen la entrada, a la chica que hace de guía o asistente del conductor, están ya casi todos los asientos ocupados por turistas.
Nada más arrancar suenan por los altavoces esas marchas o canciones inflamadas de fervor de la época, cantadas por un coro de hombres, para entrar en ambiente, el autobús parece proceder también del mismo período histórico, entre los atascos que va salvando por carriles en los que siempre algún turismo con matrícula foránea obstaculiza la circulación y el esfuerzo que al motor le cuesta ya alcanzar unas mínimas prestaciones, el viaje se hace bastante largo pero constituye una experiencia única e irrepetible. Algún extranjero iluso manipula los mandos del aire acondicionado presuponiendo que algún día existió o que todavía, a estas alturas, pudiese funcionar. Tras unos veinte minutos de trayecto se llega a esta especie de museo al aire libre, ordenado con unos paseos en la hierba que van llevando a las distintas esculturas, incluye también una exposición muy interesante sobre las distintos movimientos de contestación interna que tuvo el régimen y la represión posterior, así como una proyección permanente, con subtítulos en inglés, acerca del sistema de vigilancia y métodos de control que se ejercía sobre la práctica totalidad de la población, a veces en tono divertido, demostrando como la paranoia de la vigilancia constante o el sentirse constantemente observado, hace ver cosas donde no las hay.
Una cita con la novia a escondidas de la familia podía ser un inicio de una conspiración secreta, la llamada oficial del servicio de salud para un chequeo rutinario permitía a un agente entrar en tu domicilio previo hurto y copia en molde de plastilina de tu propia llave cuando te hacían desnudarte para someterte al examen médico, ciertas instrucciones indicaban los lugares donde resultaría habitual esconder material comprometedor (a veces eran simplemente condones, por ejemplo), por su parte, la ciudadanía, desarrollaba métodos de contraespionaje para saber si estaban siendo vigilados, tan sofisticados como los de los propios controladores, colocar un pelo o un trocito de papel en alguna parte de la puerta cuando se salía de casa hacía posible saber si alguien había entrado... Pero la triste realidad, como conclusión de toda esta película y si se siguen los paneles explicativos de la exposición, es que todo esto ha provocado mucho sufrimiento, una tristeza infinita y una gran cantidad de gente a la que se ha privado de vivir, a veces, incluso, en el sentido literal de la espresión.
Volviendo al parque y tras meterme en un Trabant destartalado que tienen para disfrute de los visitantes, aunque un par de jóvenes con aspecto alternativo o antisistema parecían entender que era de su propiedad (algo que seguro forma parte de las cosas que hay que abolir en su ideario) iniciamos el recorrido de la parte escultórica, propiamente dicha, del recinto.
Tengo que decir que, a nivel artístico, o de creatividad, hay de todo, mayoritariamente cosas muy malas a nivel formal, a veces de un realismo que casi causa pavor por su desmesura o expresividad, pero también alguna escultura cuyo valor podría trascender respecto a lo que representa.




Así que voy a evitar la imagen del gigante soldado soviético con esos ojos tallados con un inmenso punto en medio del iris que le proporciona una mirada terrorífica, rostro con el que imagino asociarían aquí los niños al hombre del saco. De la típica imagen de Lenin en la tribuna de orador, con la mano extendida hacia las masas, se cuenta que, durante una protesta de un grupo de trabajadores, apareció con un bocata en la misma, como tratando de decir que, menos predicar y más dar trigo (o pan en forma de bocata) cosa que causó un tremendo revuelo y la busqueda despiadada del gracioso que se había atrevido a tal ultraje.

Como curiosidad señalaré también que hay un grupo escultórico bastante penoso, en su conjunto, dedicado a las Brigadas Internacionales que combatieron en nuestra Guerra Civil, con los nombres de las principales batallas grabados en un bloque de granito. También resulta curiosa la tienda de recuerdos del museo, tanto con material histórico como con nuevos productos alusivos a ese tiempo, casi siempre más con un aire de burla que nostálgico.

El recorrido de vuelta en el autobús coincide con el regreso del fin de semana y se hace bastante más prolongado que el de ida, con constantes bocinazos para que desocupen el carril reservado al transporte público, tras varios intentos de retirar dinero en los cajeros de la Avenida Andrássy, algunos infructuosos por "fuera de servicio", caminamos a lo largo del río por última vez, hasta la estación. Hemos tenido que utilizar muy pocos billetes porque casi nunca había revisores pidiéndolos, quizá queden para otro viaje un año cualquiera.

Buda, la colina y la ciudad baja


Esta mañana, un 17 de agosto, salimos hacia la estación, esta vez ya con nuestros billetes y sin agobios, para volver a visitar Budapest, en esta ocasión, la parte de la capital que se sitúa a poniente respecto al río, la colina defensiva, con características topográficas contrapuestas en relación al inmenso ensanche decimonónico que puebla la parte plana de Pest (el lado Este del Danubio) el contraste es total, tanto por su evolución histórica como por el propio territorio sobre el que se asientan una y otra parte de la capital.

Nada más salir de Batthyány tér, la estación término de nuestro recorrido ferroviario, descubrimos a que respondía todo el andamiaje que ayer veíamos montar al borde del río, nos recibe una competición de acrobacia aérea organizada por una famosa bebida milagrosa que también pone alas a quienes la consumen, o eso dice su campaña publicitaria, nos quedamos un rato viendo como se prepara todo y las primeras pasadas de tanteo de algunos de los competidores. Hay mucha gente ya instalándose en los graderíos desmontables para contemplar el espectáculo.
La parte baja de Buda está constreñida entre el pie de la ladera y el borde del río, y gravita en torno a Clark Adam tér, la plaza de planta circular en que remata el puente de las cadenas antes de atravesar el túnel que conduce al tráfico al otro lado de la colina, todo ello obra del ingeniero al que han dedicado la plaza. Resulta interesante ver como se trató la entrada del túnel como si fuese un elemento urbano más, con una especie de fachada-puerta, algo que suele olvidarse en los que se hacen hoy en día. Muy cerca de la plaza se encuentra un funicular de esa época en que se construyeron el puente y el túnel, recuperado en 1986, en el que subiremos al Palacio Real para visitar la parte alta de Buda. Los vagones del funicular forman tres cuerpos escalonados, siguiendo la pendiente de la vía sobre la ladera, con tres compartimentos distintos y que, en principio, tenían que ver con esa distribución en distintas clases que caracterizaba los viajes en tren en esa época y tiene la ventaja de aportar la visión directa, frontalmente, del panorama sobre la ciudad, como si nos hubiésemos sentado en un graderío.

Del funicular se sale justo en la zona de acceso al Palacio Real (Várpalota) construcción monumental que sobresale y domina la silueta de la ciudad desde el río. Es fin de semana y nos ha coincidido una feria de muestras y artesanía dentro de la explanada del palacio, por todo el exterior se ha instalado también un montón de puestos de venta de todo tipo de objetos y productos, la entrada al palacio supone el acceso a la feria, como no podemos dedicarnos a ambas cosas, nos encaminamos hacia el barrio de la Fortaleza, una diminuta ciudad medieval que supone un contrapunto respecto a la majestuosa Avenida Andrássy y su geométrico desarrollo residencial. Tárnok utca, con sus casitas coloreadas, nos lleva hasta la aguja gótica reconstruida del Matyás templon, la iglesia principal que se abre a la plaza con la columna de la Trinidad. Todo tiene una aire tranquilo, pausado y pintoresco, no sé si porque los turistas se han apelotonado junto al Palacio Real o por alguna razón más profunda, hasta un viejo Trabant aparcado nos da la bienvenida al poco de iniciar el paseo.





No solo la restricción del tránsito rodado invita a recorrer esta parte de la ciudad de forma pausada, la irregularidad de su traza proporciona siempre curiosos rincones, las calles estrechas ofrecen la sombra que, a veces, hace incómodo el deambular veraniego por amplias avenidas, visitamos todo con calma, asomándonos a algunos portalones abiertos que dejan ver el patio interior de los edificios barrocos de vivienda de este barrio.

De regreso, tras el viaje de vuelta en el funicular, recorremos la zona de la ciudad baja que se extiende entre el Puente de las Cadenas y el que se encuentra inmediatamente al Sur (Erzsébet híd) para ascender, en una larga caminata plagada de escalones, hasta la Ciudadela, otro de los hitos elevados de este lado de la ciudad, frente a la que asoma, omnipresente, el Monumento a la Liberación, sobre un pedestal de casi treinta metros de altura, una figura femenina, en bronce se asoma al borde de la colina y se hace visible desde casi cualquier punto del cauce del río . La construcción militar amurallada construida por los austríacos a mediados del XIX, sirvió también como último baluarte de resistencia a los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Pero lo realmente impresionante son las vistas que, desde el ascenso por el parque que rodea la propia ciudadela, se tienen del conjunto de la ciudad de Pest.


El descenso nos lleva justo hasta el famoso Hotel Géllert, espléndido edificio modernista con un maravilloso balneario al que no se puede acceder por encontrarse en obras todo el inmueble, del que se adivina el lujo aún tras los andamios. Muy cerca están otros dos balnearios, que por su estado podríamos pensar abandonados, pero simplemente se trata de ese estado decadente en que se encuentran algunas construcciones por falta de presupuesto, los coches aparcados ante la entrada y el flujo de usuarios nos demuestran que funcionan, y a pleno rendimiento.

Entramos a comer en un restaurante que, desde este lado sombrío de la calle no tiene un acceso muy favorecido, a desnivel tras la modificación de la rasante de la calzada, pero tras un pasaje interior por esta antigua construcción, desembocamos en un estupendo patio interior sobre el que se alzan un par de enormes árboles, habilitado como terraza del propio local, la comida no ha desmerecido del propio marco de este emplazamiento privilegiado. Al salir descubrimos que se trata de un local con dos caras, el frente a la otra calle tiene una terraza exterior soleada y atestada de clientes (la antítesis de donde acabamos de estar sentados).

miércoles, 8 de abril de 2009

Una visita a Budapest

El día ha amanecido bastante gris, con algo de lluvia, salimos con chubasqueros y paraguas hacia la estación del tren de cercanías próxima al cámping y, desde allí, siguiendo un camino adyacente a la vía que recorre el barrio, caminamos hasta la de Aquincum, por ver si podíamos coger los billetes allí, tal como nos habían indicado, pero la caseta donde supuestamente los venden, está cerrada. Nos subimos en el tren sin billete y bajamos en la siguiente estación, aquí la caseta está volcada, no sabemos si por el viento que ha soplado durante toda la noche o por algún tipo de movida, también nocturna, eso si, alguien ha venido a ponerle el cartel de "fuera de servicio" (o algo así sería la traducción). Volvemos a subir al tren que viene a continuación, sin billete, para bajarnos en la siguiente, y aquí si hay suerte, existe una taquilla con personal y todo, así como una buena cola, sobre todo de turistas extranjeros, sacamos un abono de diez billetes, bastante económico, pues aunque nos sobrarán dos, según nuestros cálculos, nos sale a cuenta.
El recorrido hasta la estación término, en Bathany Tér, es un viaje panorámico a lo largo de los barrios del extrarradio, una extensa sucesión de esos bloques prismáticos y repetidos, seriados en una económica prefabricación pero combinados en todas sus formas posibles, creando curiosos espacios entre ellos. Predomina, por supuesto, un evidente deterioro de lo que fue el derecho a una vivienda mínima, ahora las reparaciones corren a cargo de los propietarios y, habitualmente, no se les ha vuelto a dar ni una mano de pintura.
Desde el momento en que se sale de la estación, muy característica también de lo que fue un buen sistema de transporte público, ahora en decadencia, aparece frente a nuestra vista, al otro lado del río, la magnífica fachada urbana del lado de Pest, con la masa blanquecina del Parlamento y un conjunto uniforme de edificaciones que solo rompe, a lo lejos, un grupo de hoteles de esa época de desarrollo optimista de lo moderno y útil, cara a cara y sin complejos ante el legado histórico.




Cruzamos el río por el famoso "Puente de las Cadenas", el primero estable que unió las dos partes de la ciudad separadas por el río (Buda y Pest) y llamado así por ser un curioso sistema de puente colgante sostenido por una serie de eslabones metálicos que se enlazan entre si, es una singular obra de ingeniería de Adam Clark, un inglés que también ejecutó el túnel bajo los montes de Buda que daba salida a la principal arteria de comunicación de la ciudad. Ahora el puente ha sido peatonalizado y constituye una interesante aproximación a la ciudad, siempre animado por los puestos ambulantes de comida, artesanía y recuerdos. Al otro lado del puente, en la Roosvelt Tér, se entra de lleno en la grandeza del Budapest decimonónico, ese que siempre nos recordará a París por sus grandes avenidas y la uniforme escala de sus edificios, en los que la variación y el colorido de los revestimientos moldurados aporta una vivacidad casi vienesa. Como siempre, el deterioro convive con lo ya renovado, en un proceso de recuperación que se adivina largo por la ingente cantidad de construcciones históricas que conforman el conjunto de la ciudad.

De la plaza Vörösmarty Tér pasamos a la calle Váci utca, zona peatonal en la que se concentra la vida comercial de la ciudad, ahora sede de todas esas multinacionales de la moda que podemos encontrar en cualquier capital europea, seguimos paseando por las calles de los alrededores, cada una con su atractivo y no me detendré demasiado describiendo todos los edificios monumentales, destacaré, en particular, el eje renovado de Zrinyi utca, entre Roosvelt Tér y la basílica de Szent István, ahora también peatonalizado y muy agradable, siempre con el templo como fondo de perspectiva, alguna calle adyacente está en obras, poco a poco, la ciudad se renueva y recupera sus inmuebles históricos. En este sentido, Deák Tér, inmensa plaza que sigue siendo un punto de confluencia de las numerosas líneas de autobuses que comunican con el centro urbano, fue también modernizada tiempo atrás, lástima que el deterioro haya hecho tanta mella, de nuevo parece que cuando algo se rompe alguien pone una etiqueta de "fuera de servicio" y punto. Barandillas de vidrio de seguridad craqueladas por los golpes parecen casi objetos artísticos o cuadros transparentes con dibujos fragmentados, las tarimas de madera se retuercen y se alzan del pavimento, las losas de travertino se hunden,... un pequeño desastre en el que la basura completa esos rincones que escapan a la escoba, o quizá al ámbito del funcionario de limpieza. Pero no quiero desanimar, el país, de momento es así, lo que no quiere decir que no sea hermoso.



Basta para demostrarlo un recorrido por la avenida Andrássy, auténticos Campos Elíseos húngaros y eje radial de un ensanche sorprendentemente uniforme en la calidad de sus edificaciones, el paseo arbolado, de más de 30 m. de ancho, se extiende a lo largo de casi 2,5 km. antes de rematar abrazado por la columnata de la plaza de los Héroes y sirviendo de entrada al parque Városliget. El conjunto de edificaciones decimonónicas, declarado Patrimonio de la Humanidad, se extiende hasta donde la vista abarca, a ambos lados de esta que ahora llaman Avenida Cultural, por encontrarse en su recorrido los principales museos y monumentos. A medida que se avanza hacia el parque, las casas de pisos dejan lugar a las villas o palacetes, cuyos jardines se funden con el arbolado de la propia calle. En una de las embocaduras laterales descubrimos la embajada española y, muy cerca, al otro lado, el instituto Cervantes, curiosamente, la escena patria, acaba con un cartel que anuncia un recital de Plácido Domingo.


El Parque Municipal, precedido por el Monumento a los Héroes húngaros (viendo las estatuas de los caudillos húngaros se entienden las hazañas de las tribus que conquistaron el país, a mi, desde luego, no se me ocurriría llevarles la contraria, se dice que después de la guerra se sustituyeron las de los reyes de la casa de Habsburgo por otras esculturas de héroes locales más honrosos) tiene en su interior unos famosos baños termales, el zoo, el Circo Municipal y un parque de atracciones, así como el famoso restaurante Gundel, es un lugar de reunión y paseo para los habitantes del centro de la ciudad, un enorme parque inglés con un lago. Me llama la atención que parte de ese lago está ahora con el fondo visto y vacio de agua, no he conseguido saber la razón y, por las construcciones que tiene alrededor, parece que se usase ahora para acoger algún tipo de espectáculos al aire libre.
Desandamos la Avenida Cultural apreciando de nuevo su enorme escala y deteniéndonos en ciertos puntos de interés, la plaza octogonal, alguno de los cafés históricos, los edificios recuperados junto a otros que lo reclaman a gritos, la llamada "casa del terror" como exposición museística dedicada a la represión durante la dictadura esa del proletariado... La Ópera Estatal Húngara, otro de los edificios que nos recordará también algo a París, esconde otro tesoro oculto, la estación de metro de la primera línea que se construyó en Europa de este tipo de transporte, y se conserva con el mismo aspecto y mobiliario que tuvo allá en el siglo XIX. Muy cerca de la Ópera, en un quiosco de prensa me compro un librito en español con recetas de la cocina húngara escrito por uno de los herederos de la familia Gundel, la propietaria de ese restaurante que he mencionado antes.
Después de pasearnos, de nuevo, por la zona peatonal, ahora más concurrida a estas primeras horas de la tarde, que rodea la catedral de San Esteban, caminamos hacia el Parlamento, una monumental construcción en estilo neogótico, auténtico emblema de la ciudad, junto al que se encuentran otros edificios institucionales, razón por la cual es una zona más bien fria, sin esa vida comercial y el flujo constante de viandantes que tienen las anteriores. Muy cerca está la Szabdság Tér, la Plaza de la Revolución, otro espacio público de esos grandiosos en los que cabe un parque, más que una plaza, en uno de los frentes permanece el monumento al los sodados soviéticos, el único que ya queda en la ciudad recordando otros tiempos, tiempos que todavía levantan ampollas. Junto al monumento, un grupo de gente jóven, bajo una pequeña carpa, sostienen una campaña de recogida de firmas para la retirada de esta enorme estatua.
De vuelta al borde del río, para atravesar el puente en dirección a la estación, recorremos la zona donde se acumulan todos esos hoteles de lujo de la capital, una turista fotografía la placa del Four Seasons, no sé muy bien para que. En la estación están ahora controlando que los pasajeros que acceden al andén tengan su billete, esta circunstancia, unida a la iluminación mortecina, la ausencia de color y el carácter semienterrado de la implantación, nos devuelve a un tiempo gris, como si regresaramos de nuestros trabajos en medio de una inmensa masa de productores.
Todavía era temprano cuando llegamos a Rómaifürdo, aprovechamos para darnos una vuelta por la zona nueva de Aquincum y Óbuda, atravesada longitudinalmente, en paralelo al Danubio, por ese vial que conduce al centro, casi como una autovía con aceras. Llama la atención la forma que tiene de acumularse todo aquello que uno tira al suelo junto a esos bordes de titularidad desconocida, no se sabe si pública o privada, como si los barrenderos lo consideraran fuera de su jurisdicción, también la escasa importancia que tienen aquí esos detalles que, en nuestra sociedad rica, hacen la vida más fácil a las minorías desfavorecidas, trato de imaginarme como hace aquí una persona con movilidad reducida, que decimos nosotros, para cruzar esta inmensa avenida, ni vados en los semáforos, ni rampas en los pasos elevados, puede que sea un aliciente para acostumbrase a superar barreras, no solo físicas, sino también intelectuales y reconocer que hay cosas que no todos podemos hacer.
De regreso tengo tiempo para echar un vistazo al librito sobre cocina húngara, y de golpe, descubro la razón por la que me repugna siempre el olor de los fogones en estos países, no utilizan aceite, sino manteca de cerdo ahumada. Es el recuerdo de aquellas comidas que tanto odiaba de niño, porque, por entonces, en casa también se cocinaba con manteca de cerdo, el aceite era demasiado caro y la grasa animal era un producto más de la matanza, disponible en todos los hogares y, el caso, es que se convierte en un aroma omnipresente, impregna la madera de las construcciones y todos los interiores acaban por tener ese perfume. Ahora que lo identifico, quizá pueda convivir con él sin reparos.

martes, 7 de abril de 2009

De Mezökövesd a Budapest

Salimos hacia un nuevo destino, tenemos previsto permanecer en un cámping situado al Nordeste de Budapest, llamado Rómaifürdó, lo que significa que está en una zona de baños, algo muy común en este país. El trayecto lo hacemos todo por autopista y no presenta dificultades, ya en Budapest, debemos hacer una especie de circunvalación urbana, es el tramo que exige mayor concentración, hay mucho tráfico, la circulación es lenta pero debemos atender a las instrucciones del navegador para poder cambiarnos constantemente de carril, cosa no siempre sencilla, constantemente compartimos itinerario con el tranvía. En la llegada al cámping, el navegador nos dirige a lo que un día debió ser una entrada pero ahora no es sino una verja lateral con acceso de servicio que permanece cerrado, como la calle es de dirección única tenemos que buscar el retorno al viario principal, no tenemos grandes dificultades. Está todo bastante ocupado por caravanas y campers, sobre todo italianos, bastante molestos, en grandes grupos con los niños y toda la parentela, como tenemos tienda, conseguimos situarnos en una zona libre por su mala accesibilidad para ese tipo de vehículos, sin embargo, a lo largo del día, la necesidad de encontrar plaza, hará que un grupo de osados meta sus furgonetas en el barro y acabemos dándonos de narices con unos vecinos italianos con los bulliciosos y cantarines nenes.
Teníamos intención de acercarnos a la ciudad, puesto que nos queda toda la tarde libre, pero el calor nos ha hecho desistir, indagamos la forma de viajar al centro en transporte público, tenemos una estación de ferrocarril de cercanías justo al otro lado de la carretera desde la que se accede al cámping. La estación es una simple parada, lo que un día fueron taquillas están ahora abandonadas, hay unas máquinas automáticas expendedoras de billetes, pero hemos comprobado que es muy habitual aquí que cuando algo se haya estropeado, años atrás, se le pone una etiqueta que diga "fuera de servicio" y probablemente no vuelva a usarse nunca.
Lo hemos comentado con unos españoles que han ido en tren al centro y nos dicen que ellos han subido sin billete y se han bajado en la siguiente parada, donde hay una caseta provisional, tipo quiosco, donde venden los abonos y que han hecho muy bien en comprarlos, pues, aunque no hay nunca revisores en los trenes, cuando llegaron a la estación término, había controladores viendo si se habían adquirido los tickets.
Nos damos un pequeño paseo por la zona donde estamos, un típico barrio residencial de las afueras, con muchos espacios libres y edificación comunitaria aislada. Muy cerca están las excavaciones de Aquincum que hemos visto mientras veníamos en el coche, una ciudad romana que era la capital de la región, los restos de un acueducto permanecen muy cerca de las nuevas viviendas, en medio del parque que las rodea y las separa de la carretera.

sábado, 4 de abril de 2009

Hortobágy y Tokaj

El Parque Nacional de Hortobágy es una vasta extensión, de más de 50.000 hectáreas, que recoge la inmensa llanura, llamada puszta, que fue tierra de pastores, por la fertilidad que proporcionaban las periódicas inundaciones, que se extendían sobre una amplia zona gracias a la configuración plana del terreno.
Aquí perviven ciertas tradiciones de la Hungría campesina, algunas convertidas ya en reclamo turístico en el propio parque protegido, como esos rudos pastores montados en la raza de caballo local, haciendo estallar con gran estruendo sus látigos, como si fuesen fuegos de artificio. El recorrido por carretera atraviesa una planicie a la que no se le ve el final en el horizonte, salpicada de enormes granjas, edificaciones pintadas de blanco que extienden su tejado de paja hasta casi tocar el suelo.


Mientras hacemos el itinerario, vamos atravesando localidades de mediano y pequeño tamaño repletas de gente, son sitios que tienen balnearios o baños, sorprende la naturalidad con que conviven las bicicletas con el resto del tráfico rodado, haciendo todo tipo de maniobras, sin que se produzca ningún accidente, algo impensable en nuestro país, y quizá herencia de un tiempo en el que el coche no fue el vehículo predominante.
Garzas, cigüeñas, o caballos a lo lejos, nos acompañan durante todo el trayecto, la carretera nacional nos lleva hasta el pueblo que constituye la estación de entrada al parque nacional, donde está un famoso puente que acoge en sus proximidades la feria anual de ganado (el 20 de agosto, y hoy es 14, por eso están preparando ya algunas cosas para ese día).

Las afueras del pueblo son, de nuevo, una especie de parque temático, donde un par de locales hacen también su agosto cobrando por aparcar en su recinto, tenemos suerte porque el cobrador no sabe muy bien en que idioma dirigirse a nosotros y prefiere abordar a unos nativos que llegan al mismo tiempo, nos hacemos un poco el loco y damos un paseo por el lugar, con múltiples puestos de venta de recuerdos y gran afluencia de gente. Nos llaman la atención esas calderetas, muy similares a las que usan los pastores en otras regiones, para hacer la comida al aire libre, unos enormes calderos metálicos que se cuelgan de una cadena, no olvidemos que estos jinetes eran nómadas. Esta forma de cocinar está muy popularizada en todo el país, y ya comproba remos que nuestro churrasco o parrillada en medio del monte, es aquí un gulash u otro guiso cocinado en una hoguera con uno de estos grandes cacharros.

No nos ha llamado mucho la atención ninguna de las atracciones turísticas basadas en la tradición campesina que tienen aquí montadas, incluido el museo de los pastores, la señalización y el intenso calor tampoco han ayudado mucho, nos adentramos en el pueblo propiamente dicho, que tiene el interés de lo real, con esas casas que configuran calles perfectamente ordenadas y en las que se conservan todas esas características que han encerrado en el museo, hay incluso construcciones que podríamos reconocer como propias para conservar el grano, olor a ganado y hermosos huertos.

Se acerca la hora de comer, junto a la carretera está la Nagycsárda (csárda significa casa de comidas), un establecimiento fundado en el siglo XVIII, con una preciosa terraza y un pianista preparado para amenizar el almuerzo a los comensales, nos hemos inclinado, sin embargo, por el local al que vemos entrar a la mayor parte de los visitantes locales, con esas grandes mesas comunes en el exterior, el comedor interior es muy agradable y apenas hay nadie en él. Los platos que hemos probado tienen un sabor más auténtico, he repetido la sopa de cerezas, por lo del calor, y ha sido una experiencia sublime, con frutos del bosque recién cogidos, nada de macedonia de bote junto a las cerezas, como había pasado en el último lugar en que la había probado. Entendernos nos ha costado un poco más, pero tampoco mucho.

Después de comer y de la sobremesa, salimos hacia Tokaj, capital de la región vinícola más conocida de Hungría, ya dentro de la misma, viajaremos entre colinas cubiertas de vid cuando se orientan a mediodía, a cuyos pies se van sucediendo las entradas a bodegas que se extienden bajo tierra. El vino de Tokaj se caracteriza por su vendimia tardía, en la que se separan las uvas que han comenzado a ser pasas, con una gran cantidad de azúcar y, después de pisada la uva normal, se añade una cantidad de esas otras, que forman el alma del vino. El alma del vino se mezcla en distintas proporciones con el contenido de un barril tipo, de capacidad invariablemente determinada, de forma que, según la medida del alma que se añada, los vinos tendrán desde dos a cinco puttony (esta palabra que suena como a otra cosa, es la proporción de ese contenido que se ha añadido al vino elaborado). El recorrido al margen de los itinerarios principales nos lleva por pequeños pueblos, grandes industrias, enormes granjas y una zona de descanso con lago en la que descubrimos esas cocinas de pic-nic improvisadas con una llanta de coche para colocar las brasas y una cadena suspendida para colgar el caldero sobre el fogón, la variante de nuestras parrilladas de domingo. La pantalla del navegador nos lleva hacia el río, pero al fondo no hay puente. Otra sorpresa, vamos a cruzar en un rudimentario transbordador, guiado también por una cadena, una emocionante travesía con la que no contábamos.



El pueblo de Tokaj, con poco más de 5.000 habitantes, tiene un casco antiguo bastante visitado por el turismo local, con la calle principal prácticamente peatonalizada y una sucesión de bares y bodegas. No tiene nada que ver, sin embargo, con lo que uno esperaría encontrarse en una población que vive del comercio del vino, las tiendas no exponen mucho al exterior y es necesario entrar a ver. La escala de la calle, con muchos edificios barrocos, es realmente la de un pequeño pueblo, con viviendas bajas, el exterior, como de costumbre, es un conjunto de equipamientos y bloques comunitarios rodeados de una generosa porción de verde.
Sigue haciendo bastante calor y, aunque teníamos pensado visitar el Pincemúzeum, una bodega subterránea con más de un kilómetro de pasajes laberínticos bajo tierra, que según nuestra guía de viajes cerraba a las 17 pm. volvemos a llegar muy justos. En la oficina de turismo nos dicen que, en realidad, cierra a las 16 pm. en pleno agosto, así que desistimos correr para llegar justo cuando ya vayan a darnos con la puerta en las narices.
Compramos algo de vino en una tienda donde se sudaba tras el vidrio del escaparate, el chico que nos atiende se alivia con un ventilador que tiene sobre el mostrador. Volvemos a coger carretera y hacemos una pequeña excursión por la región del vino, colinas interminables repletas de viñas y pueblecitos donde ya no llega el turismo a los que se entra, casi invariablemente, flanqueado por las construcciones alineadas que dan acceso a las bodegas enterradas. Hacemos una pequeña parada en Mad y Abaújszante, regresamos al cámping, aprovisionándonos en un centro comercial "Tesco", llegamos algo más tarde de las 19 pm. y a las 20.30 ya es totalmente de noche.