viernes, 29 de mayo de 2009

Olomouc y Kromeríz


Después de varios días inmersos en la humedad de los bosques de Brno, amanece por fin una mañana soleada, iniciamos con buen ánimo una excursión a Olomouc, una ciudad relativamente grande (algo más de 100.000 habitantes) y de gran importancia estratégica ya desde la antigüedad, elegida en el s. XII como capital de Moravia y con Universidad desde el s. XVI. Hoy es un importante centro industrial y, como suele ser habitual, un núcleo urbano con una forma muy precisa y delimitada, totalmente planificada, en la que conviven un bonito casco histórico y el verde de los espacios libres que lo bordean, expandiéndose entre la nueva edificación y los múltiples equipamientos deportivos de que dispone.
La entrada en coche a la ciudad la hacemos por Trída Svobody, esa amplia avenida que recorre el lado de poniente de lo que fue el cierre defensivo del casco histórico y que da paso a un pequeño primer ensanche, con muchos edificios públicos y los parques Smetanovy sady y Cechovy sady. Como en otras ciudades europeas, cuando a mediados del siglo XIX se procedió al derribo de las murallas, se inició la planificación de estas amplias superficies verdes en todo ese ámbito, conformando un anillo que separa la ciudad antigua de la moderna. Conseguimos aparcar en la confluencia con otra de las calles de borde, junto a un supermercado y centro comercial, en una explanada al sol. Tras un pequeño trecho caminando por una de las estrechas calles del conjunto histórico, desembocamos en la espectacular Horní námestí, una irregular plaza en medio de la que se alza el antiguo Ayuntamiento (Radnice) y una monumental columna de la Trinidad que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. En la oficina de turismo que se encuentra en una de las esquinas de la plaza facilitan una fotocopia con un itinerario que permite visitar, de forma ordenada e inteligente, el casco histórico y apreciar sus cualidades.
Para hacerse una idea, no está de más pararse un rato ante el modelo en bronce que hay en la propia plaza, descubriendo esa planta estrangulada en su parte central por los fuertes desniveles topográficos, la adecuación del sistema de murallas a esos mismos condicionantes del terreno (parte de las cuales aún se conservan, con sus baluartes) y el juego de plazas entrelazadas, siempre abriéndose en abanico, que jalonan todo el núcleo histórico. Después, refrescarse en alguna de las tres fuentes escultóricas que se sitúan en la plaza y echar un vistazo al reloj astronómico, nos recordará al de Praga, solo que aquí, no será necesario darse de codazos con los turistas japoneses, o italianos, o... para poder verlo en funcionamiento, la sorpresa será ver como tras los desperfectos de la guerra, por el reloj renacentista ya no desfilan santos o personajes religiosos, sino obreros de los distintos gremios que dieron realce al régimen, estampa que repite también el mosaico con que cubrió la hornacina un desconocido artista del realismo socialista, siempre sin complejos ante el reto de enfrentar su creación a una pieza histórica de tal relevancia.

Deambular por las calles del casco histórico resulta un pasatiempo muy agradable, la Dolní naméstí está casi adyacente a la plaza anterior, en ella, otras dos fuentes, la de Neptuno y Júpiter y otra columna, la de la Peste, la iglesia de la Anunciación y el palacio Hauenschild con su curioso balcón-mirador cerrado. Las calles Denisova y 1. máje constituyen el eje central de la ciudad antigua y llevan hacia la Námestí Republiky, con la fuente del Tritón y a una de las salidas del recinto, en su entorno, el Palacio Arzobispal y varias imponentes construcciones clericales, algunas de ellas vinculadas a la Universidad, ponen de manifiesto lo poco que ha interesado mantener en buen estado de conservación esos signos de ese otro poder, no civil, y la escasa capacidad de inversión que muestra la iglesia para mantener el patrimonio histórico de su propiedad allí donde no le produce ventajas promocionales.
Tras visitar la catedral de Sv. Václav, conviene pasear por esas calles exteriores donde bulle la vida urbana, con los tranvías yendo y viniendo, y los coches saltando sobre esos inmensos adoquines que el tiempo ha pulido hasta sacar un brillo casi de espejo.
Comimos muy agradablemente sentados en una terraza exterior de un local de una de las calles peatonales cercanas a la plaza del ayuntamiento viejo, un menú extraordinariamente económico que anunciaban en un cartel, sin saber, hasta ver los platos ante nosotros, de que constaba (una ensalada de pepino y un plato de carne).

Me ha interesado acercarme hasta el estadio del Sigma Olomouc, un antiguo clásico de las competiciones de fútbol europeas, de esos que siempre acaban eliminados en las primeras rondas, se encuentra justo al borde del casco antiguo, en medio de una gran zona deportiva, muy frecuentada por los habitantes de la ciudad, con una avenida monumental también muy característica del lucimiento del deporte como actividad lúdica de las masas que tanto gustaba al régimen. Junto al campo de fútbol y el Estadio Olímpico, un avión Tupolev, posado en el suelo, sirve como bar y centro de reunión de los hinchas del Sigma.

Tras comprar algo en el supermercado y enfriar el coche, todo este tiempo abrasándose en el aparcamiento exterior del centro comercial, conducimos hacia Kromeríz.


Kromeríz es una pequeña ciudad de casi 30.000 habitantes que está recuperando su importante legado histórico tras el abandono o desinterés que se mostró hacia el mismo en la época comunista que, por fortuna, apenas lo ha afectado. Su importancia regional le viene de su reconstrucción, tras la Guerra de los Treinta Años, para constituirse en residencia de verano del arzobispado. Situada justo al borde del cauce del río Morava, la huella ovalada de su núcleo histórico se interrumpe al Noroeste para caer sobre un inmenso parque inglés con varios lagos, sobre el mismo, el palacio levantado sobre lo que fue el castillo (Arcibiskupský zámek) en la segunda mitad del s. XVII, en cuyo interior se rodaron imágenes de la película Amadeus.

La enorme plaza rectangular (Velké námestí) se ha reurbanizado, aunque no han conseguido retirar definitivamente los coches aparcados frente a las hermosas casas medievales y barrocas, con robustos pórticos, que cierran sus frentes. La propia plaza parece inclinarse ante el palacio y se abre en uno de los laterales hacia la esquina del mismo, huella de un ángulo del antiguo zámek, e introduce la imponente torre dentro del panorama del espacio público. El casco antiguo no es muy grande y tiene rincones y calles tranquilas por donde pasear a la sombra de las casas.


Los nuevos crecimientos han acompañado sin grandes traumatismos el avance de esas calles hasta el punto donde lo urbano se funde con el campo, un límite siempre claro y, a veces, poblado por transiciones envidiables, como ese otro espacio ajardinado de carácter histórico, el Kvetná zahrada, de estilo italiano, con geométricos parterres y notables contrapuntos arquitectónicos, pero habíamos estado ya mucho tiempo bajo el frescor de los árboles en Podzámecká zahrada (jardín bajo el castillo) y el paseo al sol se nos hizo demasiado largo, además, se acercaba el tiempo de caducidad del ticket de estacionamiento.

Así que, recogemos el coche en el aparcamiento de superficie que da justo delante del acceso al casco antiguo desde el puente del río Morava y nos encaminamos hacia Zlín, un tramo final de excursión que va a convertirse en un pequeño fracaso. Circulamos por carreteras secundarias, con cierto desasosiego por las actitudes de riesgo de muchos de los vehículos, una camioneta que llevamos delante no nos deja ver lo que pasa al frente, pero en determinado momento, el frenazo es inevitable, ante nosotros, choque frontal entre el camión y un turismo que quizá se ha incorporado valientemente en una intersección, nos hemos librado por muy poco, tanto de darnos de narices contra la camioneta, como de ser atravesados por el listillo que venía detrás intentando adelantar a todos de una sola vez.

Según nuestra guía de viajes, muy mala y tendenciosa, Zlín es una ciudad interesante por los ejemplos de arquitectura de la primera etapa moderna, que propició allí, a principios del XX, Tomás Bat'a, creador de una industria del calzado de importancia nacional a la que los comunistas cambiaron el nombre, y la dirección, tras la guerra. Pero nos resulta muy difícil discernir esos inmuebles ejemplares entre un continuo bastante homogéneo y, sobre todo, orientarnos sin un mínimo plano en una ciudad que ronda los 100.000 habitantes. Tras unas vueltas en coche entre esos bloques de vivienda colectiva y construcciones industriales, volvemos hacia Ostrovacice para pasar nuestra última noche en la República Checa, mañana entraremos en Eslovaquia.

jueves, 28 de mayo de 2009

Brno

Dejamos Chrustenice, recogiendo la tienda todavía húmeda de la lluvia de estas noches pasadas, nos despedimos de un par de vecinos holandeses con los que hemos hablado algo durante nuestra estancia aquí y salimos hacia Ostrovacice. Al llegar al cámping previsto, solo hay dos tiendas, no hay personal en la recepción y, el pequeño bar que hay a la entrada, está también cerrado, el suelo, con la hierba muy crecida, está totalmente encharcado. No sabemos muy bien que hacer, buscando, encontramos un cartel con algo escrito en inglés, leyéndolo, interpretamos que podemos instalarnos donde nos apetezca y que por la tarde vendrá alguien de la propiedad para inscribirnos. Tienen algunos bungalows bastante económicos, para alquilarlos pone que debemos llamar a un teléfono, lo hacemos hablando en inglés y la dueña nos pasa con su hija para poder entendernos. Al poco rato llega la señora que limpia y cambia la ropa de las camas de uno que había estado ocupado hasta ese día y en algo menos de media hora lo tiene listo para que podamos ocuparlo. Como siempre, está un poco viejo, pero tiene cuatro camas, mesa, una pequeña nevera y un estupendo porche con sillas para comer o descansar al exterior.
Estamos muy cerca del circuito de Brno, en medio de uno de los bosques que nos rodean, donde, cuando ya nos hayamos ido, habrá competición de motociclismo y, seguro, un montón de españoles. Después de tomarnos unos bocadillos y un café, salimos hacia la ciudad de Brno (pronunciado Bernó, más o menos, con la "e" apenas sonando). La entrada a la ciudad por carretera impresiona bastante, con esas aglomeraciones de viviendas del "realismo socialista", bloques surgiendo del bosque, que ahora están siendo tratados con color y van tornándose más amables a la vista, también por los impresionantes atascos que se producen en la circunvalación de acceso, con limitaciones de velocidad que conviene no saltarse, a varios coches extranjeros los para la policía por ir demasiado deprisa. Yo he preferido hacer lo que veía hacían los conductores locales, es decir, seguir en la cola y sin saltarse el límite anunciado en las señales.

He puesto en el navegador la dirección de una calle exterior al centro, nada más llegar a la misma, veo un recién construido aparcamiento cubierto en un edificio de oficinas y meto el coche, la sorpresa es que la calle en cuestión es larguísima y, probablemente, estamos muy lejos del centro, tampoco sé muy bien en que dirección queda y caminamos, al principio, en sentido contrario, la propia evolución de lo construido nos dice que vamos mal. Ya orientados, vamos adentrándonos en un ensanche reticulado en el que se encuentran varios edificios universitarios y conjuntos de viviendas algo deteriorados pero de gran interés. Las grandes manzanas mezclan lo nuevo con lo viejo, los edificios decimonónicos con los bloques abiertos de las nuevas tipologías, todo bastante bien planificado y según una evidente unidad de cornisa. Flanqueamos el parque Luzánky, tras el que se encuentra la famosa villa Tugendhat de Mies van der Rohe, pero no tenemos tiempo para organizar una visita a la misma, continuamos hacia el casco antiguo.
Las destrucciones de la guerra nunca fueron recuperadas del todo, de forma que, a veces, la nueva producción de la reconstrucción socialista se suma en Brno sin complejos al legado histórico, no siempre de forma afortunada.


La zona urbana que entra en contacto con el casco antiguo tiene gran animación, con los tranvías y el ir y venir de la gente compartiendo el mismo espacio. La calle Ceská, peatonal, es el camino más adecuado para aproximarse al corazón del núcleo histórico, la Námestí Svobody, una gran plaza de planta triangular bastante irregular, con la inevitable columna de la peste en su parte central, a la que se abren algunos de los edificios de mayor interés de la ciudad, nos la encontramos en obras de reurbanización, va a ser peatonalizada y, por las imágenes que se muestran del proyecto, acabará ganando mucho, ahora apenas se puede pasear más que por los laterales, todo está levantado. Una edificación reciente muestra el nuevo modo de compartir medianería con una construcción histórica, sin renunciar a poner de manifiesto su propia modernidad pero compartiendo escalas y ritmos.

Tras pasear por las calles peatonales que desembocan en esa plaza, nos acercamos a Zelný Trh, otra plaza en la que están ahora recogiendo los puestos de venta de fruta y verduras de un mercadillo que hacen en ella, ha recuperado su nombre después de dejar de llamarse como el día en que se produjo la toma del poder por el régimen comunista. Tiene una interesante fuente de fines del s. XVII y una columna de la Trinidad. Muy cerca el Stará radnice, o ayuntamiento viejo, en la calle Radnická, la portada reconstruida en estilo gótico, da acceso a la torre, previo pago, desde la que se tienen unas impresionantes vistas panorámicas de la ciudad.
Según el lado al que se mire, se descubre la sucesión de tejados del casco antiguo o ese paisaje osado del progreso socialista, las chimeneas de una central térmica entre las casas y la otra ciudad, la de los bloques de vivienda colectiva asomando justo en lo más alto de una colina cercana.



La catedral de San Pedro y San Pablo domina la silueta bastante uniforme de la ciudad antigua (salvo esas nuevas agujas de las chimeneas de la térmica o lo que sea) y ocupa una pequeña elevación donde parece que estaba un castillo, sus torres ofrecen también inmejorables vistas, la colina de Spilberk, donde se encuentra la fortaleza, nos queda ya un poco a contratiempo pues tenemos que deshacer un largo camino hasta donde tenemos el coche. Antes de recogerlo pasamos por un supermercado para comprar provisiones que no pesen mucho, la parte trasera nos descubre una ciudad en transformación con mucho trabajo por hacer, estamos en la segunda en importancia del país, con unos 400.000 habitantes, la mayor de la región de Moravia, con una intensa vida cultural y universitaria.















Dos días en Praga


Salimos de mañana en coche con la intención de dejarlo en Zlicín, una gran zona comercial, para acercarnos a Praga en metro, pero no conseguimos orientarnos para localizar el punto anunciado de Park and Ride, al final seguimos conduciendo hasta que llegamos a una avenida de entrada a la ciudad, por el lado de Malá Strana, aparcamos en la calle Vrchlickeho y eso nos permite caminar hacia el centro entre esos edificios históricos de gran valor pero medio destartalados en los que vive un buen porcentaje de la población de la parte antigua de la capital. No voy a descubrir aquí que Praga es una de las ciudades más hermosas de Europa, pero también es una gran capital que merece ser recorrida con calma, saliéndose de los itinerarios turísticos, auténtico escaparate de la ciudad, y apreciar la potencialidad que tiene su paisaje urbano para cuando las cosas mejoren y las rehabilitaciones alcancen todas esas zonas menos fotografiadas. El día amenaza lluvia, pero va a respetar toda nuestra visita a la ciudad.



La visita del primer día ha de incluir obligatoriamente el Karluv most, el puente flanqueado por su torres protectoras en los extremos y con las hileras de esculturas barrocas, siempre en medio de una procesión de turistas, seguir la "Calle Real", el itinerario que seguían los desfiles de coronación de los reyes, indicado con placas en el pavimento, recorrer la plaza principal de la ciudad antigua, la Staromestské námestí, también dándose de codazos con la multitud y, si por casualidad, se encuentra sitio, sentarse en la terraza de uno de los bares de la propia plaza. Hay muchas cosas en las que fijarse, como las casas del antiguo ayuntamiento, el reloj astronómico con su desfile de figuras cada hora, la iglesia de Sv. Mikulás, ahora abierta a la plaza después de que los nazis volaran parte de las dependencias municipales, o el monumento a Jan Hus, un profesor universitario que, en el siglo XV, se oponía a la doctrina de la iglesia vigente y practicaba la pobreza como virtud evangélica, ganándose así el seguimiento de las gentes oprimidas, circunstancia que fue considerada como una herejía por la oficialidad. Llamado a discutir con el Papa esta situación de rebeldía, fue apresado, aún contando con salvoconducto para acudir a esa cita, y quemado en la hoguera, otra muestra del seguimiento de los preceptos cristianos por parte de la jerarquía eclesiástica.


Otros puntos de interés son las calles Husova o Karlova y el barrio judío, pero recomiendo, sobre todo, salirse hacia los ensanches de la Nove Mesto y admirar ese decorado cosmopolita de fachadas eclécticas y de estilo Secesión vienesa que, pese a la mala conservación de algunas de ellas, nos introduce en el esplendor urbano de la Praga de principios del siglo XX. La Václavske námestí es más un inmenso eje con amplio bulevar central que una plaza propiamente dicha y tiene el imponente edificio del museo como fondo de perspectiva, aquí se alinean hoteles e importantes comercios, los amantes de la letra impresa no deben perderse una enorme librería en esta calle, no he conseguido encontrar el retorcido edificio de Frank Ghery porque mi guía de viaje es muy mala y anticuada, pero sé que está en alguna esquina de esta calle.


En perpendicular a esa calle-plaza, el tramo peatonal de Na Príkope es también una zona comercial muy animada que prolonga los ejes abiertos sobre el casco antiguo para enlazar los puentes sobre el Moldava cuando se rectificaron estas alineaciones de modernización a finales del s. XIX, aquí comemos en un restaurante situado en el primer piso de un edificio modernista, el U Pelikan, con un interior que mantiene también ciertos motivos decorativos de esa época, junto a la amplia cristalera que da sobre la calle, una maravilla a precios asequibles y con gastronomía genuinamente checa.

Tras la comida, nos adentramos en esos barrios menos frecuentados por los turistas, que con una simple mano de pintura, se convertirían en decorados tan espléndidos como esas partes tan visitadas, el comercio y los restaurantes son de otro tipo, pero los precios están a un nivel más asumible por la gente que los habita. Es una Praga que no sale en las guías, sin grandes monumentos, pero igual de recomendable, no es necesario tomar el metro para hacer este recorrido a lo largo del centro pues tiene un tamaño bastante abarcable. Para quien no tiene el caminar entre sus aficiones, existen distintas formas de recorrer esos inevitables hitos turísticos del centro, desde el trenecito al coche de caballos, pero resulta especialmente atractivo hacerlo en uno de esos Skoda clásicos que ofrecen en diversas plazas de la ciudad, preferiblemente en uno de esos modelos deportivos descapotables.

De regreso en el coche, comienza a llover y ya no dejará de hacerlo el resto de la tarde y durante toda la noche.

El día siguiente salimos de nuevo hacia Praga y esta vez conseguimos dejar el coche aparcado e ir en metro desde Zlicín, que es una forma cómoda de hacer este desplazamiento, aunque el primer día tampoco nos resultó muy difícil aparcar cerca de la ciudad. Esta vez, nuestra excursión se centra en el otro lado del Moldava, la zona llamada Malá Strana, que se extiende entre las laderas de la colina que ocupa el castillo y el borde del río, todo es bastante más tranquilo que los alrededores del puente, los turistas se concentran en puntos muy concretos y quedan muchas calles para recorrer con calma y sin agobios. Quisimos subir al castillo en el teleférico, pero está en obras, así que comenzamos la ascensión a pie pero se nos hizo un poco duro, viendo la cantidad de gente que estaba llegando a ese lugar, decidimos conformarnos con las panorámicas y dejarlo para una mejor ocasión.

Comimos en un restaurante cerca del río y volvimos a cruzar el puente para pasear por el otro lado de la ciudad, de regreso a Chrustenice recibimos la llamada de Max, uno de los hijos de nuestros amigos alemanes, que está haciendo su servicio social en Praga, atendiendo a ancianos judíos víctimas del nazismo y quedamos con él para vernos en el centro comercial de Zlicín, cenamos juntos en una pizzería, nos enseña algunas palabras en checo y nos explica como funciona la pronunciación de algunas de las tildes o la agregación de consonantes sin ninguna vocal intercalada (se incluyen vocales muy débiles, que apenas se pronuncian).

miércoles, 27 de mayo de 2009

Kutná Hora y Jicín

Kutná Hora tiene ahora algo más de 22.000 habitantes, el núcleo histórico está reconocido como Patrimonio de la Humanidad desde 1995, en tiempos fue la segunda ciudad en importancia del país y, seguramente, la que producía una mayor riqueza gracias a los yacimientos de plata, que se decía podían explotarse desde los sótanos de las viviendas, durante la época de los Habsburgo,
se denominó Kuttenberg, o Montaña de las Minas, que es lo que significa también en checo, en el edificio llamado "La Corte italiana" vivían y fabricaban moneda los acuñadores, artesanos especializados que procedían de ese país. Toda la parte antigua de la ciudad se adapta a una pequeña elevación y tiene una planta bastante irregular, en la que se enlazan varias pequeñas plazas siguiendo el itinerario principal por su interior, se ha renovado casi toda la pavimentación y la urbanización tiene, en general, bastante calidad.
Se hace muy fácil llegar y conseguimos aparcar sin agobios en el vial perimetral de acceso, a muy escasos metros de los puntos a visitar de mayor interés. Aunque se dice que es uno de los lugares que atrae más turismo de la región de Bohemia Central, todo es muy tranquilo, nada que ver con otros países europeos en este mes, además, ese turismo es casi absolutamente de carácter nacional, al menos hoy sábado.

La principal de ese sistema de plazas entrelazadas, es la Palackého námestí (esto último significa plaza en checo) de planta sensiblemente triangular y en la que se alinean casitas bajas, muchas con pórticos en el bajo, de muy diversos estilos pero unificadas por ese uso de los revestimientos y molduras coloreadas en distintos tonos, algo que hace a estas ciudades bastante más luminosas o alegres que las construidas solo en piedra. En la Rejskovo námestí, plaza que hace de contrapunto respecto a la anterior siguiendo la calle Husova como eje, se levanta una enorme fuente monumental del gótico tardío. Desde aquí se puede callejear hasta la iglesia de Sv. Jakub (de Santiago) e internarse sin prisas por las callejuelas adyacentes para tomar la Barborská ulice y, tras pasar ante una edificación que permanece como vestigio de un segundo cinturón de murallas de la ciudad, recorreremos la larguísima fachada del antiguo colegio de los jesuitas pasando ante una sucesión de estatuas barrocas de diversos personajes religiosos con esos llamativos detalles dorados que relucen sobre la escultura en piedra. El conjunto del colegio jesuita está muy deteriorado, fue utilizado como cuartel tras la expulsión de la orden a finales del XVIII y ahora está abandonado.

Siguiendo la calle, con vistas abiertas hacia el entorno de la ciudad, se llega a la catedral de Santa Bárbara (Sv. Barbora), patrona de los mineros. Es una interesantísima iglesia gótica, cuya singular cubierta, como si fuesen tres tiendas de campaña de un solo mástil central, constituye un hito de referencia en la silueta urbana de Kutná Hora. En su interior conviven la riqueza del gótico bohemio y obras de completamiento posteriores, como las vidrieras modernistas de Frantisek Urban.

Después de pasear por todo el casco histórico, retomamos la carretera comarcal para acercarnos a Jicín. Aquí también tenemos bastante suerte con el aparcamiento en una calle exterior, la ciudad es tan solo algo más pequeña que la anterior (17.000 habitantes) y atesora, al interior de crecimientos planificados de densidad media y baja, un núcleo redondeado, siguiendo la forma de su antigua muralla con una inmensa plaza rectangular en su centro. Aunque es difícil apreciarlo si no se conoce su real implantación en el territorio, existen una serie de actuaciones urbanas barrocas de gran magnitud, todas ellas ordenadas por el duque de Waldstein, un comandante del ejército imperial que levantó aquí su feudo, acuñando moneda propia, atrayendo a famosos arquitectos italianos para llevar a cabo esas transformaciones. La propia plaza no sería sino un punto central en un eje visual que recorrería la distancia entre un parque y pabellón de caza y un convento, todo ello alineado según el recorrido de salida y puesta del sol. Queda de ese eje un largo paseo plantado con cuatro hileras de tilos que enlaza la ciudad antigua con Libosad, el pabellón que, como el resto de esas actuaciones, quedó sin terminar tras la prematura muerte, asesinado en Cheb, del duque de Waldstein.

Entramos en la gran plaza central, llamada Valdstejnovo námestí en recuerdo del duque, pasando por la puerta Vladická, una esbelta torre que permanece de las varias que tuvo la muralla, desde arriba puede observarse el conjunto de la ciudad, pero está cerrada y ya no volverá a abrir hoy, es también un museo dedicado a un ilustrador de cuentos (la ciudad celebra periódicamente un Festival de Cuentos de Hadas). Acaba de llover y todo está un poco gris pero, aún así, el conjunto de edificaciones porticadas luce espléndido, en medio de la plaza, una columna de la peste y dos fuentes, muy cerca, las iglesias de Sv Ignác y Sv. Jakub.

Vale la pena pasear también por la zona inmediata al casco histórico, esa primera prolongación que amplia el núcleo, allí hemos descubierto un magnífico café con variedades de pastelería que no tienen nada que envidiar a la propia capital del imperio austrohúngaro, del que se ve que mantienen muchas tradiciones por aquí. Tras unos cafés y la degustación de algunas de las especialidades, recién hechas, volvemos al coche e iniciamos el camino de regreso a Chrustenice.

Otros dos días de carretera

Esta vez recorriendo toda Francia, los tiempos según lo previsto, para llegar a un cámping en Neuenburg (Mülheim) ya en Alemania, el acceso a recepción se demora un poco porque unos holandeses, con su caravana, han bloqueado el final de la carretera, en fondo de saco, para inscribirse y no dejan sitio para pasar al aparcamiento previo, siempre igual de torpes esta gente del Norte. Cuando terminan sus trámites se me acerca para pedirme que retire mi coche de detrás y poder maniobrar para entrar, estoy a punto de decirle que no me apetece hasta que acabemos nosotros de hacer nuestro papeleo de ingreso ¿no es acaso lo que ha hecho él? Pongo cara de no enterarme de lo que me pide y lo hago despacio y a desgana, por ver si se da por aludido, que creo que no.
Nos sitúan en una zona de hierba, cuyo único inconveniente es que da justo sobre las pistas deportivas, donde los niños, y no tan niños, juegan hasta muy tarde. Las instalaciones, de todo tipo son muy buenas, estamos, además, muy cerca de la autopista a Freiburg.
A la mañana siguiente, iniciamos la travesía de Alemania, todo sin problemas y según lo previsto, cruzamos la frontera y hacemos los trámites obligados, cambiar euros por coronas checas y adquirir la "viñeta" adhesiva que nos autoriza a utilizar las autopistas. Comenzamos el recorrido por las autopistas checas, sorprende que el firme es, en muchos tramos, de hormigón y el coche va saltando continuamente cuando pasa sobre las juntas de dilatación, un ruido constante que acaba siendo como una música de percusión que hace de fondo a nuestras conversaciones. Llama la atención también que está plagada de cámaras de control, decidimos espetar escrupulosamente los límites de velocidad, por si acaso.
Tenemos previsto permanecer durante varios días, como base de etapa, en un cámping situado a unos 25 km. de Praga, al que llegamos sin contratiempos y siguiendo las instrucciones del navegador, también nuevo, que habíamos comprado para no perdernos por Madrid durante la época en que cortaban los accesos conocidos, una semana si y la otra también, por las obras de los túneles de la M 30.
El cámping está en la localidad de Chrustenice, en dirección norte una vez pasado Lodenice. Hablan inglés en recepción y está bastante bien equipado, con un restaurante y una pequeña tienda que abre solo de mañana. Es uno de esos puntos en que se concentran los turistas holandeses, creando auténticos barrios que casi repiten los propios de procedencia.
Después de comer, damos un paseo con el coche y llegamos casi hasta Praga, comprobamos que hay una gran zona comercial desde la que parece se puede dejar el vehículo y acercarse a la capital en metro, cosa que es nuestra intención, pero resulta un poco difícil habituarse a las indicaciones de carretera, ya que algunas cosas somos incapaces todavía de traducirlas.
De vuelta cenamos en el restaurante con una jarra de "pilsener" local, la bebida nacional y nos retiramos.

El viaje de 2006

Fue el primero que hicimos en coche a la República Checa y Eslovaquia, aunque no el primero a un país de la Europa del antiguo bloque del Este. El primero fue casi veinte años atrás, cuando todavía existían los bloques y el telón de acero, al primer país que se abría al turismo extranjero, la antigua Yugoslavia, poco después de la muerte de Tito, el líder que consiguió mantener unidos y callados, quizá a la fuerza, esos odios y diferencias regionales que más adelante estallarían en una guerra infame entre vecinos.
En este viaje estrenamos coche, un Skoda Octavia combi, muy adecuado para mimetizarse en el paisaje viario de los países que vamos a visitar y después de haberse roto la caja de cambios, nada más iniciar nuestra travesía de Francia, el anterior, un Renault Laguna SW, sin causa aparente alguna, en nuestras últimas vacaciones.
Salimos de casa, ya con todo cargado en el maletero el día anterior, a las 9,30 del 2 de Agosto para atravesar España por autovías y autopistas en dirección a Irún, la parada para comer en un restaurante de la autopista nos demoró bastante, demasiada gente para poco personal, los platos eran poco agradecidos y bastante caros para su simplicidad, pero eso es algo habitual en ese tipo de locales.
La noche la pasamos en el cámping "Le Paradise" de la localidad francesa de Abzac, en la carretera N 89 de Bordeaux a Perigueux, un lugar muy agradable y tranquilo para utilizar como fin de etapa.

Un regreso meteórico

Por obligaciones laborales, el regreso debe ser rápido, es ya día 20 y hemos consumido la totalidad de los días de vacaciones que disponíamos, salimos de Waldkirch a las 10,45 y hacemos autopista con paradas periódicas para descansar atravesando toda Francia, ya cerca de los Pirineos, echamos una cabezada en un área de servicio y reemprendemos la marcha, el trayecto nocturno es mucho más tranquilo, sobre todo en este país en el que, a partir de cierta hora de la tarde, disminuye mucho la circulación, llegada la medianoche, estamos cruzando la frontera por Irún y a las 10,30 de un 21 de Agosto ya estamos en casa. En total han sido 7135 km. de viaje.