lunes, 30 de agosto de 2010

Kranj

El día 5 de Agosto de 2010, después de haber llovido toda la noche, el tiempo estaba un poco revuelto de mañana temprano, a eso de las siete, cuando, puntualmente, nos despertábamos con las primeras luces del día bajo las copas de las coníferas y el repiqueteo de los picapinos en Sobec. Tan pronto hubimos desayunado, con la calma y deleite habituales, salimos de excursión con el coche en dirección a Kranj, sin olvidar encender los faros de cruce, algo que solemos olvidar por la falta de costumbre.


Es esa una de las ciudades relativamente grandes de Eslovenia, la cuarta en importancia, pese a tener poco más de 50.000 habitantes, y daba su nombre a la antigua provincia austríaca de la que era capital. Mucho menos frecuentada por el turismo que otras curiosidades históricas de la región, conserva un casco antiguo de origen medieval y lo nuevo, fuera de él, tiene suficiente interés también para ser recorrido. También es conocida como "la ciudad de Preseren", el más grande de los poetas eslovenos, que vivió y escribió gran parte de su obra aquí en la segunda mitad del s. XIX. Hay una escultura en bronce oscuro de France Preseren justo delante del edificio del teatro, obra de Joze Plecnik, otro de los emblemas culturales eslovenos de principios del s. XX. Tal como se comprueba en otra que existe en Ljubliana en medio de la plaza dedicada al poeta, la figura de Preseren no parece fuese tan cúbica ni imponente (esta podría utilizarse para asustar a los niños, casi como personalizando la efigie del coco) como la resultante de la interpretación artística de una pareja de escultores del realismo socialista, ese en donde importaba más la idea que su materialización artística.

La ciudad antigua empieza a recuperar su esplendor de antaño, poco a poco, las fachadas comienzan a lucir esos vivos colores de los frentes urbanos austrohúngaros, las calles están mejorando sus pavimentos y apariencia, nuevos adoquines, más árboles... quizá empiezan a sobrar sombrillas y terrazas, como en todas las poblaciones turísticas, pese a que esta todavía no es muy visitada. Es muy loable también el esfuerzo que está haciendo la municipalidad por dar a conocer sus secretos, aunque en una visita de un día no nos ha sido posible acceder a todos esos que se abren previa cita concertada o formación de grupo.




Quizá la síntesis de valores de la ciudad puede encontrarse en la plaza Slovenski trg, antes llamada de la revolución, que conserva una escultura de ese periodo pasado muy emparentada con la de Preseren en estética, una especie de nueva puerta de entrada al casco histórico donde conviven modernas fachadas de vidrio serigrafiado con un Instituto de letras del XIX y vivienda popular de hormigón, esta última en un estado de urgente petición de ayuda. Justo al lado del monumental viejo Instituto, la secuoia gigante, pegadita al aparcamiento de pago frente a un hotel, donde hemos dejado el coche.



La ciudad antigua tiene forma alargada, una calle principal ensarta tres plazas como las cuentas de un collar, su forma en planta sigue la del terreno existente entre la confluencia de los ríos Kokra y Sava, protegida por una muralla por el lado de este último (cuyos lienzos todavía se conservan en parte) y por el impresionante desnivel natural que forma el cañón del Kokra por el otro, un corte del terreno al que algunas casas se asoman sin temor.




Aunque nos habíamos desorientado un poco por la acumulación de obras y pasos provisionales que había a la entrada del centro, cuando hemos empezado a caminar, enseguida nos dirigimos acertadamente hacia el casco histórico gracias a la visión lejana de la silueta del campanario de la parroquial de Sv. Kancijan, cuyo hermoso interior tampoco pudimos ver, estaba cerrada.


La plaza más importante del casco antiguo, como siempre la calle principal ensanchada, es la Glavni trg y a ella asoman las más hermosas fachadas y los edificios significativos (iglesia, antiguo ayuntamiento...) el resto son otras dos calles paralelas, una a cada lateral, una especie de conjunto concéntrico que repite el perímetro geometrizado del asentamiento. Al fondo, como una proa, la torre del Pungert, junto a la iglesia de Sv. Rok (San Roque para nosotros) es un residuo del sistema de defensa medieval y, probablemente de lo que era el último reducto o ciudadela. Como curiosidad también relacionada con la defensa, ahora convertida en reclamo turístico, una red de túneles excavados durante la ocupación nazi, sobre todo para servir de refugio antiaéreo ante un inminente bombardeo de los aliados al final de la contienda. Da gusto pasear por la Tavcarjeva ulica, menos frecuentada y restaurada que la peatonalizada calle principal y asomarse al otro lado del Kokra por el puente sobre el cañón.


En la Vodopivceva ulica, una fuente de Joze Plecnik sustituyó en los años 50 otra estructura hidráulica histórica, al igual que sucede con la arquería del teatro, tiene algo de extraño o fantasmagórico en medio de este entorno gótico, renacentista y barroco, no puedo decir que me guste, pese al valor que tienen la mayoría de las obras de este poco convencional maestro del primer racionalismo yugoslavo y que descubrimos en España a través de aquel antiguo número de la revista Quaderns.


No hemos podido ver tampoco la capilla del osario, del s. XIII recuperada tras unos, relativamente recientes, trabajos arqueológicos, pues hay que concertar visita en el Gorenjska museum, en el antiguo Ayuntamiento.


Tras el recorrido callejero, pedimos unos folletos en la oficina de turismo, que por fin hemos encontrado en un extremo de la Slovenski trg.


Eslovenia recorrida en dos tiempos

Eslovenia es un país, como todos los de la antigua Yugoslavia, donde las fronteras son, a veces, tan sutiles o volubles como el carácter de quien las determina, su interior lo frecuentamos poco en aquel primer viaje, porque había que priorizar otras etapas en una nación federada que, entonces, era mucho más grande, casi la mitad de España donde ahora hay ya siete países diferentes. Era difícil, entonces, percibir diferencias entre estar en Koper, Piran o Izola, todas ciudades pertenecientes a esa estrecha franja de salida al mar que alguien estableció para este país en algún momento relativamente próximo de su historia, o hacerlo en Porec o Rovinj, a las que ahora se llega tras cruzar una frontera y salir de la zona euro, pese a estar en la misma costa de la península de Istria y, seguramente, hablar una misma lengua local antes de tales acontecimientos.


Hace unos meses, en los límites de nuestra patria chica, muchos ciudadanos portugueses reclamaban poder pasar a ser nacionalizados españoles, que no gallegos, por cierto, simplemente para gozar de un sistema sanitario que les garantizaba una mejor atención en sus Centros de Salud que el ofrecido por su gobierno legítimo.

A muchos les resulta difícil apreciar la escasa vigencia que pueden llegar a tener las rayas marcadas en los territorios, o incluso las barreras orográficas o naturales de cualquier tipo. El hombre es un animal que ha sido capaz de llegar a lugares tan remotos respecto a nuestro continente como América o Australia, subido a poco más que una cáscara de nuez y, cuando llegó a allí, descubrió, con asombro, que otros ya lo habían hecho miles de años antes, sin velas ni timones.



Algunos han resuelto la pertenencia a uno u otro lado con una guerra, aunque la de Eslovenia fue tan fugaz que apenas ha dejado cicatrices o mutilaciones y, en cualquier caso, siempre las penas con pan son menos. Estar en la Europa común tiene sus ventajas y si realmente eso significase un común gobierno, directrices políticas y sociales idénticas, o la real ausencia de fronteras físicas y mentales, tendría muy poco sentido discutir sobre las diferencias, que siempre las habrá, porque el paisaje también imprime carácter en las gentes que lo habitan.

Ya en aquellos años ochenta, cuando recorrimos Eslovenia por la costa y poco más, la zona gozaba de un bienestar que no hacía sino revelar el maltrato que estaban sufriendo otras regiones de la Federación, donde el Estado no parecía haber invertido ni un solo dinar tras la ejecución de las mínimas infraestructuras vitales para formalizar el control burocrático de todo su territorio de forma conjunta.


Cuando uno viaja ahora por el interior montañoso de Eslovenia, tiene la sensación de que Austria se ha pasado al otro lado, quizá un poquito más descuidada, algo más poblada de torres y bloques aislados del optimista desarrollo urbano del socialismo triunfante, pero siempre con la impronta histórica del imperio austro-húngaro como seña de identidad de sus ciudades, con las mismas cumbres alpinas cerrando el horizonte, con los mismos colores en las fachadas alegrando el amanecer entre la bruma de un día de lluvia... Es, sin embargo, un país con dos almas, ambas mezcla de verdes y azules, unas veces de ese tono áspero y reseco, como untado a espátula sobre el lienzo, apenas suavizado por el reflejo de esa estrecha franja de mar color turquesa y otras, a escasos kilómetros, de ese húmedo y oscuro verdor de las coníferas, de los prados perpetuos donde el heno se protege bajo tejadillos en los mismos campos para que no enmohezca con la lluvia.

Zelezniki

Ha sido nuestra siguiente etapa después de salir de Skofja Loka. Es una pequeña población formada por la sucesión de varios pueblecitos que se enlazan unos a otros siguiendo el cauce de un río de montaña, un valle encajado entre montañas cubiertas de verde.





Tradicionalmente ha vivido de las fundiciones de hierro, desde muy antiguo e incluso ahora conserva alguna industria de cierta importancia, circunstancia que también fundamenta esos bloques residenciales de hace un tiempo ya, que forman un asentamiento al borde de los pueblecitos que contrasta bastante con lo que luego uno se encuentra.

Hemos paseado su conjunto, extensamente alargado según el curso del río, en una agradable caminata, sobre todo cuando abandonábamos la carretera y nos internábamos en esos conjuntos de casas donde aún se conservan los vestigios de las antiguas fundiciones.

En una especie de pequeña plaza, junto a lo que es el museo, se mantiene lo que se dice es uno de los más antiguos hornos para fundir el hierro, como si fuese la torre de una iglesia a la que le hubiesen quitado el resto de la edificación. Parece adivinarse todavía el humo saliendo por las aberturas semicirculares que cubre un tejadillo a cuatro aguas.





La verdad es que habíamos recorrido todo este conjunto de asentamientos de Zelezniki, aquí en la parte baja, intentando encontrarnos, en algún lugar, con esos encajes de bolillos que, se dice, todavía son característicos de la artesanía local o, mejor aún, con las galletitas elaboradas con miel que figuran en una fotografía del cartel turístico que hay en el panel de información donde hemos dejado el coche, pero no hemos visto ninguna de las dos cosas a lo largo de nuestro itinerario a pie. Quizá se hacen y venden en otra localidad cercana de la montaña.

Lo cierto, en cualquier caso, es que no nos hemos cruzado con turistas en ningún lugar de la villa y que, los escasos visitantes que había, eran de las proximidades.

Junto a la menor de las dos iglesias por las que pasamos, un pequeño cementerio parroquial con todas sus tumbas en tierra, como es habitual y donde no hace falta llevar flores periódicamente, porque cada sepultura es un pequeño jardín vivo que algún familiar cuida según su propio gusto y estilo personal.

De vuelta a nuestra base de estancia en Sobec, paramos de nuevo en Skofja Loka, en un supermercado de la cadena local Merkator para aprovisionarnos.

viernes, 27 de agosto de 2010

Skofja Loka

Skofja Loka no es una ciudad muy grande, apenas tiene unos 22.000 habitantes, su parte moderna ha crecido hacia el Norte de la confluencia entre los ríos Poljanska Sora y Selska Sora. El meandro que estos forman y la colina inmediata, constituyen un lugar ideal para el asentamiento de la ciudad antigua y su protección, con un recinto amurallado del s. XIV, bajo la elevación donde se dispuso el castillo, que todavía se conserva en gran parte.


Se aparca muy bien en una de las dos explanadas que hay junto a la Estación de Autobuses, al borde de la carretera de acceso y muy cerca de una oficina de turismo, donde nos dan un folleto que traza un paseo por la que está considerada como "la más bella ciudad medieval de Eslovenia". Y si es así, es, en gran medida, debido a un terremoto que en el año 1511 la destruyó casi por completo. El obispo de Freising, que entonces era el señor de la ciudad, propició su total reconstrucción y así ha permanecido, sin grandes transformaciones, hasta nuestros días.




Justo cruzando la calle, desde el aparcamiento, se puede entrar al casco antiguo como lo hacía también otro de los obispos, Leopold, por el puentecito de los Capuchinos que él ordenó construir a mediados del s. XIV, nosotros a pie, en vez de a caballo, como solía hacerlo él hasta que un día, en ese tiempo en que el puente no tenía barandillas, se cayó al cauce junto con su montura desbocada y murió en ese mismo lugar. Nada más cruzar el puente se sale a la Cankarjev trg, una placita frente a la iglesia parroquial que cierra otro de los edificios importantes de la villa medieval, un palacio gótico renacentista compuesto por tres inmuebles adosados. Por detrás, la habitual plaza longitudinal, la calle ensanchada, Mestni trg, con su colección de fachadas de vivos tonos pastel, incluidos el antiguo Ayuntamiento y la casa parroquial.


Hacia el Este, siguiendo la calle paralela, la iglesia de Spital y el granero de trigo, donde acumulaban los señores todas las aportaciones en especie exigidas a sus súbditos, su tamaño revela que debían ser importantes. La otra calle longitudinal acoge a la iglesia de María Inmaculada y puede ser un buen inicio para acometer el ascenso al antiguo castillo, ahora convertido en Museo de la ciudad, reconstruido también totalmente tras el terremoto del s. XVI y que fue, durante un tiempo, la escuela de las Ursulinas.

Junto al patio de ingreso al castillo, fracturada la unidad de su conjunto cerrado, se extiende un parque urbano que han aprovechado para exponer, al aire libre, algunas construcciones características del entorno rural de Skofja Loka, un complemento a la muestra de la cultura y tradiciones de la región que se recoge en el interior del museo.




Antes de abandonar Skofja Loka, nos hemos sentado en un moderno local minimalista, todo decorado en blanco y negro, a tomarnos unos pasteles y un café, mientras vemos pasar a la gente hacia las plazas de la ciudad. No hay todavía un turismo masivo y el lugar tiene muchas potencialidades por descubrir, con un conjunto arquitectónico muy homogéneo que va, poco a poco, rehabilitándose. El día en que todas estas casitas luzcan sus fachadas recién pintadas según esa natural combinación de tonos en la que, hasta los más llamativos encajan con total armonía, seguro que se la disputarán ávidamente toda esa horda de turistas devoradores de imágenes.

Radovljica



Desde Bled, deshacemos camino y volvemos a Lesce, todo esto en un puñado de kilómetros tan solo, y desde ahí, muy próxima en dirección sur, está Radovljca. En nuestro primer encuentro con las zonas de aparcamiento de pago tenemos ciertos problemas con el idioma, no sabemos por cuanto tiempo se puede dejar el coche ni si es una zona reservada, en la señal y los parquímetros todo está solo en esloveno.



Dejamos el coche algo más lejos, donde no se cobra y entramos por esa zona donde la ciudad antigua se une a la nueva, pasando ante comercios y bares.


La ciudad antigua es el auténtico tesoro de Radovljica, un pequeño rectángulo murado irregular, con una calle longitudinal interior. Junto a ella, un pequeño parque ante un hotel, una avenida arbolada lateral es lo que queda de un antiguo pasaje de un jardín barroco, en el centro, el tan habitual monumento a los caídos de la zona en la II Guerra Mundial.



Casi cada edificación de la calle-plaza central (la Linhartov trg, dedicada a Tomasz Linhart, escritor e historiador del s. XVIII que nació en una de ellas) es una pequeña joya arquitectónica, prácticamente todas lucen con su exterior rehabilitado, pintadas en vivos tonos pastel amarillentos, verdosos, azulados... y se han ido convirtiendo en pequeños hostales o bares con terraza, aunque recibe turismo, no agobia tanto como en Bled, localidad que, si exceptuamos el lago, no tiene tampoco gran cosa que ofrecer (muchos chalecitos o villas y hoteles). En la oficina de turismo ofrecen un bonito folleto en el que han dibujado los frentes de las casas hacia la plaza, con una breve reseña acerca de las de mayor interés, destacan, entre otras, la larga fachada de lo que fue castillo de los Ortenburg, la Vidiceva hisa, palacio renecentista, y la Sivceva hisa, una casa gótico-renacentista con su interior muy bien conservado y que luce un gran fresco en medio de su fachada.








Al fondo de la calle, donde más se ensancha para ser plaza, en un recodo de la muralla, la iglesia de San Pedro (Cervek sv. Petra) y el Presbiterio, formando un recinto de respeto delantero donde se alzan unos cuantos árboles bajo los que sentarse a la sombra.


El el otro extremo, lo que se dice es el único foso de defensa medieval conservado totalmente en el país, que no es lo que entendemos habitualmente por foso (un espacio rehundido, habitualmente anegado para hacer más difícil el acceso a los muros, sino una especie de pasadizo abovedado antepuesto al perímetro de la muralla, supongo que para desplazar o manejar el armamento a cubierto de los ataques enemigos.

Bed y su lago



El cuatro de Agosto de 2010 iniciamos una pequeña excursión por los Alpes Julianos, al borde del Parque Nacional del Triglav. Vamos a saltarnos un poco las maravillas naturales, que son muchas y exigen un disfrute pausado, largas caminatas o paseos en bicicleta, pues no tenemos vacaciones para tanto y concentrarnos en los núcleos de población, que siempre revelan más lo modelado por el hombre en ese abrumador paisaje de montaña.


Bled es una pequeña localidad turística, centro hotelero y balneario, donde todo está pensado para acoger a los visitantes que, en esta época son muchos, incluso demasiados. Quien tiene una casa al borde de la carretera tiene un tesoro, un tesoro en forma de café, tienda, restaurante y aparcamiento de pago o al servicio exclusivo de los clientes, el resto de las cunetas está convenientemente balizado con bolardos, no tanto para proteger el caminar de unos peatones inexistentes como para evitar que se aparque sin cobrar.


Hasta la carretera, que atraviesa la localidad en un embotellamiento constante, llega el bullicio de los turistas que se apelotonan en las tiendas de recuerdos, las terracitas de los cafés o las concurridas calles que se dirigen a la orilla del lago.


Es el lago de Bled su principal atractivo, por el panorama que se abre bajo las altas cumbres de los Alpes como fondo, una verde isla en medio de la lámina de agua con la torre de la iglesia apuntando al cielo y, algo más lejos, casi colgado al borde de una roca prominente, el castillo que el emperador alemán Enrique II cedió a los obispos de Brixen (o Bressanone, como le llaman en Italia a esta otra preciosa localidad entre dos aguas, entre dos países). A estas horas de la mañana, para quienes no madrugamos han resultado infructuosos varios intentos de encontrar un sitio para aparcar, seguimos carretera bordeando el lago hasta que llegamos al punto donde parece acabarse. Allí hay un aparcamiento, cerca del cámping del lago, con muchas plazas libres. Se nos acerca el vigilante y nos dice que hay que pagar 8 euros "pero eso es mucho", le contestamos en inglés, "es la tarifa por todo el día", responde él, también en inglés, "ya, pero nosotros solo queremos estar una hora, como máximo, para acercarnos a la orilla del lago". "No price for hour" (esto lo entiende todo el mundo) "estupendo, pues entonces, nos vamos".


Y es que el lago está muy bien para dar largos paseos, de esos de las maravillas naturales, a pie o en bicicleta, también para sentarse en una terraza, que hay muchas, o tomar un barquito tras hacer cola junto a un montón de gentes venidas de otros tantos lugares del mundo, pero no era esa nuestra intención. Es una lástima que no se ofrezcan más posibilidades imaginando su baja rentabilidad, muchas veces uno gasta el dinero en aquellos sitios que le resultan placenteros, no donde intentan exigírselo como si fuese una tasa obligada.



De cualquier forma, no iba a dejar de hacer una foto al lago, su isla y su castillo, aunque no sea desde el mejor punto de vista, para dejar constancia de su excepcional belleza, hemos parado el coche delante de un acceso a una vivienda un minuto sin que nadie se haya enterado.

jueves, 26 de agosto de 2010

La costa y la península de Istria

En el año 85 nos sorprendió la cantidad de turismo del centro y norte de Europa que ya había en toda esa zona, aunque era el mes de Julio, la estrecha carretera de la costa estaba casi perpetuamente colapsada y circulábamos en fila india al ritmo que marcaba la larga cola. Las playas aún tenían rincones libres por entonces y, en una de ellas, descubrimos que bañarse en el Mediterráneo era una experiencia totalmente distinta a hacerlo en nuestras rías, era como entrar en una bañera llena hasta los topes de agua caliente, nada de escalofríos ni prisa por salir.
Los hoteles ya empezaban a despuntar alegremente en cualquier rincón y ese optimismo del desarrollo comunista o semi, hacía que instalaciones portuarias o refinerías de crudo, ocupasen también calas en la costa, sin importar lo más mínimo el daño que hiciesen al paisaje, un bien que debía parecer, por entonces, inagotable.




Sorprendente fue también descubrir lugares como Koper, Piran o Porec, (Capodistria, Pirano, Parenzo) que parecían no haberse desgajado nunca de esa antigua República de Venecia, dominados por el color y la silueta de los campanarios de la Serenísima, como si esa Italia rica y limpia se hubiese quedado atrapada para siempre en esta pequeña península. No se daba uno cuenta de que la costa eslovena apenas llegaba un poco más al Sur de Portoroz, el resto, que ahora es Croacia, con su límite fronterizo, se sucedía sin solución de continuidad.



Nos cuesta imaginar que sucede ahora con aquel tráfico congestionado que recorría la carretera de borde de la península, hacia Pula y Rijeka, forzado a hacer un alto en los puntos de control de pasaportes. El turismo de playa había unido Eslovenia a Croacia, regiones pujantes, entonces, dentro de la Federación. Me hubiese gustado, ahora, volver a Piran, la ciudad de Tartini, donde, no hace tanto, han remodelado la plaza ganada al mar donde se sitúa el monumento dedicado al virtuoso del violín, porque su afinidad veneciana parece hacerlo vibrar todo, como si sus tonalidades de color tuviesen mucho que ver con las notas enlazadas tan características de ese músico local.


El segundo viaje, el de 2010, va a obviar la costa, en la que sigue perviviendo ese rico patrimonio, pero en la que las cosas se complican mucho en Agosto, aquí la guerra apenas ha dejado huellas, todo ha vuelto con más fuerza al frenético trasiego del turismo. Esta región litoral, que hace veinticinco años nos abrumaba con su riqueza cuando la comparábamos con la situación en que se encontraban otras del interior de la antigua Federación yugoslava, ha vuelto a despegar con más fuerza y esas diferencias se han acrecentado. Otra cosa que imaginamos ahora distinta es la multiplicación de bares y terrazas con sombrillas, ocupando aquello que un día paseamos como parte del espacio público, la expansión de este nuevo sistema económico, en algunas cosas levemente diferente al anterior, ha hecho equipararse notablemente los ambientes costeros de cualquier parte del mundo. El flujo de visitantes se ha multiplicado y en las playas, quizá a estas alturas ya no queda sitio para poner una toalla, todo se ha masificado como en cualquier otro lugar de la ribera mediterránea, algo que no nos atrae, pues, para compartir costa con las multitudes, nos habríamos quedado en casa. Al menos allí, conocemos esos lugares recónditos, menos frecuentados.