jueves, 26 de agosto de 2010

La costa y la península de Istria

En el año 85 nos sorprendió la cantidad de turismo del centro y norte de Europa que ya había en toda esa zona, aunque era el mes de Julio, la estrecha carretera de la costa estaba casi perpetuamente colapsada y circulábamos en fila india al ritmo que marcaba la larga cola. Las playas aún tenían rincones libres por entonces y, en una de ellas, descubrimos que bañarse en el Mediterráneo era una experiencia totalmente distinta a hacerlo en nuestras rías, era como entrar en una bañera llena hasta los topes de agua caliente, nada de escalofríos ni prisa por salir.
Los hoteles ya empezaban a despuntar alegremente en cualquier rincón y ese optimismo del desarrollo comunista o semi, hacía que instalaciones portuarias o refinerías de crudo, ocupasen también calas en la costa, sin importar lo más mínimo el daño que hiciesen al paisaje, un bien que debía parecer, por entonces, inagotable.




Sorprendente fue también descubrir lugares como Koper, Piran o Porec, (Capodistria, Pirano, Parenzo) que parecían no haberse desgajado nunca de esa antigua República de Venecia, dominados por el color y la silueta de los campanarios de la Serenísima, como si esa Italia rica y limpia se hubiese quedado atrapada para siempre en esta pequeña península. No se daba uno cuenta de que la costa eslovena apenas llegaba un poco más al Sur de Portoroz, el resto, que ahora es Croacia, con su límite fronterizo, se sucedía sin solución de continuidad.



Nos cuesta imaginar que sucede ahora con aquel tráfico congestionado que recorría la carretera de borde de la península, hacia Pula y Rijeka, forzado a hacer un alto en los puntos de control de pasaportes. El turismo de playa había unido Eslovenia a Croacia, regiones pujantes, entonces, dentro de la Federación. Me hubiese gustado, ahora, volver a Piran, la ciudad de Tartini, donde, no hace tanto, han remodelado la plaza ganada al mar donde se sitúa el monumento dedicado al virtuoso del violín, porque su afinidad veneciana parece hacerlo vibrar todo, como si sus tonalidades de color tuviesen mucho que ver con las notas enlazadas tan características de ese músico local.


El segundo viaje, el de 2010, va a obviar la costa, en la que sigue perviviendo ese rico patrimonio, pero en la que las cosas se complican mucho en Agosto, aquí la guerra apenas ha dejado huellas, todo ha vuelto con más fuerza al frenético trasiego del turismo. Esta región litoral, que hace veinticinco años nos abrumaba con su riqueza cuando la comparábamos con la situación en que se encontraban otras del interior de la antigua Federación yugoslava, ha vuelto a despegar con más fuerza y esas diferencias se han acrecentado. Otra cosa que imaginamos ahora distinta es la multiplicación de bares y terrazas con sombrillas, ocupando aquello que un día paseamos como parte del espacio público, la expansión de este nuevo sistema económico, en algunas cosas levemente diferente al anterior, ha hecho equipararse notablemente los ambientes costeros de cualquier parte del mundo. El flujo de visitantes se ha multiplicado y en las playas, quizá a estas alturas ya no queda sitio para poner una toalla, todo se ha masificado como en cualquier otro lugar de la ribera mediterránea, algo que no nos atrae, pues, para compartir costa con las multitudes, nos habríamos quedado en casa. Al menos allí, conocemos esos lugares recónditos, menos frecuentados.

martes, 24 de agosto de 2010

El viaje de 2010



Salimos un domingo de tarde, hacia las siete, con la intención de hacer ruta de noche. La coincidencia del primer día de Agosto con el último del fin de semana auguraba complicaciones en el trayecto, la coincidencia de operaciones entrada y salida hacía prever un constante y multitudinario trasiego de vehículos que queríamos evitar. El trayecto con nocturnidad, por el contrario, nos llevó hasta la frontera francesa de Bayonne en plena madrugada y sin ningún tipo de aglomeración ni en el camino, ni en los peajes. La continuidad a lo largo de la costosa red de autopistas de peaje francesas, exigió varias paradas de descanso y relajación, muchas horas y kilómetros hasta nuestro habitual alto para hacer noche en Neuenburg, al límite del territorio alemán y una vez dejada atrás la ciudad francesa de Mulhouse.



Al día siguiente, nueva jornada de carretera por las autopistas gratuitas alemanas, esas donde algunos siguen pensando que se puede circular siempre y en todo lugar a la velocidad que a uno le apetece (la realidad es otra bien distinta). Atravesamos constantemente tramos de circulación lentísima, siempre en obras y ahora con carriles provisionales en el lado izquierdo de tan solo 2,20 metros de ancho, en los cuales, cualquier exceso de velocidad lleva al topetazo inevitable con quien conduce por el de la derecha, hecho que obliga a una precaución extrema tanto si uno usa el de adelantar como si no (ver pasar un coche a unos milímetros del extremo de tu espejo retrovisor siempre hace dudar de si se trata de un acto de pericia volantística superlativa o del más que probable despiste).



La travesía de Austria, ese pequeño país encajado entre vecinos incómodos, previo abono de la "viñeta" que nos faculta para usar sus cuidadas autopistas, nos depara la habitual sorpresa de un peaje complementario a mayores, por atravesar un túnel (aquí las grandes obras se amortizan muy rápido, no como en otras partes, donde las autovías son gratis) antes de llegar a Klagenfurt. A lo largo del camino, hacemos una parada para comprar un mapa en una gasolinera, no encontramos ninguno que nos convenza y que contenga el ámbito de los Balcanes que vamos a recorrer, tampoco resulta cómodo tomar algo con tanta afluencia de gente, decidimos hacer una salida hacia la primera pequeña población que nos cuadre de camino. Nada más desembocar en la calle principal del pueblecito, nos recibe una panadería-café, elegimos el pastel de moka, delicioso, y lo consumimos con uno de esos grandes cafés de aquí en la terraza, volvemos a la autopista.



Desde Klagenfurt, y sin entrar ya en la ciudad, tomamos la preciosa carretera de montaña que conduce al Loibltunnel, con la salida de nuevo a la luz menguante de la tarde, estamos y en el antiguo puesto fronterizo de entrada a la ex-Yugoslavia (ahora Eslovenia es el único, de esos países escindidos, miembro de la UE y dentro de la moneda común, sin barreras para el tránsito fronterizo). Por eso el lugar se ha reconvertido en un gran centro comercial, con bar y todo tipo de artículos a la venta, una especie de gran tienda de gasolinera, donde adquirimos la viñeta eslovena para una semana (la Eslovenia interior se parece tanto a Austria que incluso la imita no solo en el paisaje).







Avanzamos, ya casi entrada la noche, hasta uno de los cámpings más cercanos, a muy poca distancia de la frontera, el de Sobec, en la localidad de Lesce, algo caro pero muy bien equipado, en un bosque de pinos silvestres, donde cada mañana nos despertarán los pájaros carpinteros, entre otras aves que los pueblan, con su repiqueteo catando la madera. Hay también un lago interior que se alimenta del cauce alto del río Sava, dentro de uno de cuyos meandros está el propio emplazamiento, donde han acondicionado una playita y zona de baño, así como paseos y áreas de picnic, además de los servicios habituales, organizan distintas actividades diarias, entre las que está una tarde folclórica con música y bailes regionales sobre un escenario que da a la terraza al aire libre del restaurante. Aquí nos vamos a quedar unos días, para recorrer la Eslovenia interior.





Aquel primer viaje

Lo hicimos en Julio, un mes mucho más agradecido para viajar que el Agosto de nuestras actuales vacaciones, sin tanta aglomeración, aunque también por esa época el turismo era menos masivo y los españoles que salíamos al extranjero, muy pocos. Teníamos más días de vacaciones, algo que compensaba la mayor lentitud de los desplazamientos, tanto que, ahora, nos cuesta imaginar como conseguimos ir y volver, o recorrer el país de Norte a Sur, desde Eslovenia hasta el lago de Ohrid, en la frontera con Albania con aquel Renault 4 verde, nuestro primer coche.



Por algún lugar de casa estará la libreta donde anotábamos las circunstancias reseñables del viaje, a modo de diario, y los itinerarios. Hasta que cualquier día la encontremos, nos queda el vivo recuerdo de algunos hechos y las fotos que hicimos, así como las sensaciones de aquellas otras que no pudimos hacer.

La entrada a Yugoslavia por Gorizia fue premeditada, para hacer un alto en la ciudad de Como, patria chica de Giuseppe Terragni, ese arquitecto que convivió con la guerra (murió a consecuencia de ella) y el régimen fascista italiano de la época, demostrando que las ideas y las ideologías no tienen porque tener muchas cosas en común. La intención era pasear ante el edificio Novocomun y algunas otras viviendas que no había visto la primera vez que estuve allí, también aprovechamos para circundar el hermoso lago con sus casitas de veraneo, algo que todavía podía hacerse en aquella época sin agobios ni atascos.

Entrar en Yugoslavia provocaba en nosotros cierta inseguridad, nunca antes habíamos visitado un país de los que se decían comunistas, aunque el telón de acero empezase a ser una cortina rasgada en algunos de ellos, pero una vez dentro, las cosas nos parecieron como en tantos otros de Europa que ya recorrieramos. Hacerlo por una zona que recibía ya un turismo en franca competencia con el de España o Grecia puso las cosas más fáciles.
En la frontera se compraba un talonario de vales para combustible, que permitía repostar en las gasolineras a los turistas con un cierto porcentaje de descuento respecto al precio en dinares para los habitantes del país. Aunque existían supermercados y muchos hoteles, siempre nos dio la impresión de que las cosas ni valían lo mismo, ni estaban al alcance del común de la población en la misma forma que lo estaban para un turismo del centro y norte de Europa que ya empezaba a ser muy numeroso, sobre todo en la costa dálmata. Es cierto que todos éramos más pobres por entonces, pero la socialización de las desventajas nos hacía sentir a la par. El parque móvil del país estaba repleto de vehículos de fabricación nacional, Zastavas, Yugos y algunas otras marcas del Este, todavía la franquicia del Fiat 500 (nuestro Seat 600) estaba muy presente en las carreteras.

Nuestra primera parada fue en Postojna, no tanto por ver las cuevas, sino por encontrar cámping para hacer etapa, la visita a las grutas kársticas fue un añadido inevitable, el montaje turístico estaba ya funcionando a pleno rendimiento, aunque seguro que sin las colas que ahora imagino. No dejaban hacer fotos en ningún lado, para vender el pack de recuerdo, que en nuestro caso, consistió en una colección de diapositivas y un vinilo de grosor milimétrico que, puesto en un tocadiscos, repetía un poco aquel relato de la chica que hacía la visita guiada, con las mismas curiosidades que hemos visto después, una y otra vez, en todas las cuevas similares que hemos visitado (que si el animal que vive en la oscuridad, las formaciones de sedimentación con formas reconocibles, el helado de cucurucho, la gran sala...). Quizá por ser la primera y por su longitud (se recorría en un trenecito) o la amplitud de algunas galerías, como la que llamaban la "sala de conciertos"dejó esta cueva en nosotros una fuerte impresión y, desde entonces, nos aburren un poco todas las demás que hemos visitado.

Con los años, aquellas diapositivas de recuerdo vendidas a millares a los turistas, han perdido todo su color y se han vuelto rojas, quizá como una paradoja del destino, el color del que presumía entonces el país, con estrella de cinco puntas en su bandera, aunque ,sin duda, la razón última es una escasa calidad de las reproducciones fotográficas.

Poco dicen, pues, de ese magnífico escenario subterráneo, un espectáculo que, como ya dije, empequeñece el de todas las demás cuevas kársticas que hemos visitado con posterioridad, como si hubiese que incluirlas en uno de esos libros que seleccionan las 1000 cosas que ver. En materia de entrañas de la tierra, es ver Postojna y no necesitar más.























Otra imagen imborrable es la del castillo de Predjama, muy cerca de las cuevas, encajado en una oquedad de la montaña y que parece colgado de ella como el nido de un ave, fundiéndose sus cimientos con la propia irregularidad de la roca, blanco contra gris, con tejadillos que se cobijan dentro del propio agujero, como si la montaña misma estuviese pariendo desde sus entrañas un misterioso ser geométricamente facetado.






lunes, 23 de agosto de 2010

Veinte años no es nada (ex-Yugoslavia)

Pero veinticinco quizá empiezan a ser algo, sobre todo porque, como tú dices, entonces éramos mucho más jóvenes. Era el año 1985, las cosas empezaban a cambiar en el bloque del Este y, sobre todo, en Yugoslavia, que siempre había seguido un camino algo peculiar, más abierto a occidente, sin que los jerarcas soviéticos se atreviesen a enmendarle la plana al mariscal Tito, recién desaparecido por esas fechas, pero todavía en el recuerdo. Acababan de celebrarse unos Juegos Olímpicos en Sarajevo y, aquí, coyunturalmente estábamos también en crisis y ambos en paro, pero guardábamos celosamente esos ahorros "para las vacaciones" de las que nadie nos podía privar, sustraidos a lo que otros invertían en cafés y salidas nocturnas, no sin cierto sacrificio.

Fue nuestro primer viaje a un país del bloque comunista, o algo así, con un Renault 4 de color verde que ya había recorrido lo suyo por todo el resto de Europa, en un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles, los ordenadores portátiles (tampoco los de sobremesa, tal como ahora los entendemos) ni los navegadores por GPS, un tiempo en el que el aire acondicionado del vehículo lo ponían las ventanillas abiertas, un tiempo en el que cruzar España desde el Noroeste costaba Dios y ayuda, con etapas habituales en Nájera, Irún, Jaca u otras localidades entre esas citadas si la carretera se ponía difícil.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces, no solo aquí, sino también allí. Lo que era un país, quizá unido por un pegamento de escasa calidad, se ha convertido en siete, no sin un doloroso interludio, vergonzante para todo el resto de esa Europa en la que se enlcava, de odios, guerra, muerte y limpieza étnica, tan cerca del ayer y el hoy como que fue entre los años 1992, (con las Olimpiadas celebrándose por primera vez en nuestro país) y 1995, mientras todos mirábamos hacia otro lado, como si la masacre no nos tocase a las puertas de Italia, Alemania o Austria.

Quizá por eso este viaje, más que una descripción de los lugares, como venía siendo habitual, más que descubrir sitios, va a ser un diario del ayer y el hoy, un viaje sentimental o un mapa topográfico no tanto de lo que se ve, como de lo que se percibe allá en el interior de cada uno, un recorrido por un lugar donde el conflicto todavía no ha cicatrizado sus heridas, la percepción de lo difícil que resulta convivir cuando los mensajes políticos solo profundizan en las diferencias, en las identidades personales o colectivas. Quién sabe si no será algo a lo que también a nosotros nos están acostumbrando sin que apenas nos demos cuenta.
El viajero siempre aprende algo en cada trecho recorrido y, viajar, suele ser el mejor antídoto contra los nacionalismos, palabra que, hasta ahora, solo ha dado lugar a muertes y genocidios como solución final, mientras no se demuestre lo contrario, que hay quien, a estas alturas, cree que todo es un invento de la propaganda antifascista. Hace tiempo que, a nosotros, el camino nos ha enseñado el valor de todo aquello que nos une al resto de la Humanidad, algo en lo que no creen algunos dirigentes mundiales, empeñados en fijarse en los escasos cromosomas que nos diferencian del mapa genético del chimpancé, en vez de mostrarnos aquellos que nos equiparan con él, que son muchos más, pese a milenios de cultura y vida en comunidad.

El viaje va a ser también a la antigua usanza en muchos aspectos, debido sobre todo, a una serie de imprevistos que tienen mucho que ver con nuestra manía de decidir siempre a última hora, justo la semana antes, hacia donde vamos a dirigirnos en vacaciones. Las consultas con mi gurú Internet me revelaron que no compensaba añadir a los países que ya tengo en el mapa del navegador los de la antigua Yugoslavia, ínfimamente cartografiados en su parte urbana si se exceptúa Croacia o Eslovenia, tampoco lo era cambiarme a la marca de la competencia, que si los vende a través de una página búlgara. Es cierto que una editorial austríaca tiene un cuadernillo con los mapas de carreteras a escala 1:200.000, esa de detalle que nos gusta manejar para poder llegar a todas partes, pero solicitarlo en la web casi garantizaba, dado lo reducido del plazo, que no llegaría a tiempo para nuestro día de salida.
Lo mismo puedo decir de las guías de viaje, solo una edición en inglés de Lonely Planet abarca todo el ámbito de los Balcanes con cierto rigor y extensión, pedirla con tan poco margen tampoco aseguraba la posibilidad de hacerse con ella a tiempo. Así que la información previa va a ser mínima en cuanto a datos actualizados, el tradicional mapa Michelin de carreteras a escala 1:1.000.000, en el que apenas aprecio diferencias respecto a la edición antigua que usé en ese primer viaje, la antigua guía del trotamundos, otro manual editado por entonces y con muy mala composición y diseño gráfico pero con valiosas indicaciones acerca de itinerarios, así como la actual guía 3D de Croacia y otro librito sobre los Balcanes bastante pobre y desfasado en algunos datos.

Todo esto garantiza el constante recurso al método de la prueba y el error, las más que probables equivocaciones en ruta y la elección del infalible sistema de que "preguntando se llega a todas partes" en el que el mejor idioma para comunicarse no es ese inglés de andar por casa que todos los no británicos entendemos, sino la buena voluntad de las gentes, algo que todavía abunda mucho en esos países que, a menudo, despreciamos por ser más atrasados que nosotros, olvidando que, en un pasado no tan lejano, nosotros estuvimos en esa misma situación respecto al turismo foráneo.

El retorno

De nuevo madrugón para tomar el autobús, después de haber devuelto nuestro coche de alquiler a las puertas del hotel (entregamos las llaves y decimos que puede pasar a verlo a la persona que nos ha atendido en esa pequeña oficina, pero nos contesta que no hace falta). El aeropuerto de Antalya es un poco más grande que aquel adonde habíamos llegado, tras pasar las formalidades pertinentes surge de nuevo el altercado con el par de jóvenes que ya habían dado lugar a otro antes de salir (según su versión les habían servido una copa con cristales rotos en su interior, según la del hotel, ellos mismos habían puesto allí los cristales para evitar pagar el importe de una consumición bastante copiosa de bebidas, por eso el autobús sale un poco tarde, al final, ante la presión, deciden pagar lo que debían, algo a lo que se negaban rotundamente de principio).

Aquí el tema gira alrededor de la prohibición, según la legislación internacional y tras aquellos famosos atentados con aviones de por medio, de introducir botellas con líquido en el equipaje de mano. La situación nos ha hecho sentir vergüenza ajena tras visualizar (y oir) el comportamiento de algunos de nuestros compatriotas, gritando e insultando al personal de seguridad, algo que jamás harían en Barajas con la Guardia Civil o la Policía Nacional, pero desde el primer momento, no sabemos por qué, estos paisanos se han sentido como pertenecientes a un país de primera y muy superiores a los nativos.

Los dos chicos se niegan a que les requisen una botella de perfume y se aferran al cierre de la maleta... "esto no me lo quitáis, es mio, lo compré con mi dinero..." La chica de la empresa de seguridad le explica en inglés que las normas dicen que no se puede introducir la botella en la zona de embarque.
Enseguida parte del público da la razón a los jóvenes... " y si no se puede pasar con ella, ¿por que la venden en las tiendas de esta parte del aeropuerto? eso quiere decir que si se puede".
"Menuda mierda -nos dice otro señor que no venía en nuestro grupo y al que no conocemos de nada- ahora a Manolo le han hecho abrir la maleta, donde lleva los calzoncillos sucios, total para no encontrar nada". Nos quedamos con cara de imbéciles, tanto por lo de los calzoncillos, como porque la obligación de abrir la maleta ante un control aduanero es algo que puede pasar incluso en los países del primer mundo, privilegio que le niegan estos amigos a Turquía.

La cosa no ha terminado ahí, después de decir que la botella que tiran en un contenedor de basura vendrán después a recogerla los propios miembros de la empresa de seguridad para llevársela a su casa con ellos, los dos jóvenes se vuelven hacia la zona de tiendas y regresan con otra escondida, algo tan burdo que hasta yo mismo, desde donde estoy sentado, veo en la silueta del escáner que otro vigilante manipula.
Ahí ya se monta la marimorena, los jóvenes vociferando, la chica de seguridad diciendo que hagan el favor de entregarla o les mandan a un reservado para que les cacheen, el público de forofos dando la razón al par de jóvenes...

En definitiva, como ya he dicho, hemos sentido vergüenza ajena, y mucha. Al final, con cierto retraso, hemos accedido al avión y tras una parada en Estambul donde vemos desde la ventanilla, impotentes, como se equivocan y bajan todo el equipaje, incluidas nuestras dos maletas (solo había que recoger a los pasajeros que habían hecho un circuito diferente) las cosas se solucionan y todo vuelve a una cierta normalidad, si consideramos normal que en un vuelo de este tipo algunos vengan con dos maletones llenos de compras como equipaje de mano y que se vuelvan micos para encajarlos en los compartimentos de a bordo (lo consiguen ocupando el lugar semivacío del mio y de otros pasajeros en mi misma situación). Llegamos al gran Barajas, un aeropuerto que siempre nos viene grande a la gente de provincias, localizamos el punto a donde vendrá a recogernos el minibús, lo llamamos por telefono y, en unos minutos, está allí para llevarnos al aparcamiento-hotel donde tenemos nuestro coche, ahora toca conducir hasta casa.

Antalya

Como siempre, el bufet del desayuno ha estado fenomenal, el zumo de granada recién exprimida se paga aparte pero vale la pena, aunque también se puede tomar en cualquier chiringuito ambulante en las ciudades. Hay que estar muy atento porque los camareros son inmensamente serviciales y a nada que uno se acerque a la exposición de viandas para coger algo más, dejando sin vigilancia el café y el resto de cosas que haya dejando en espera en la mesa donde se haya instalado, descubrirá que, a la vuelta, ya se las ha retirado, así que hay que cargarse a tope o bien dejar a alguien encargado de que vigile el resto del almuerzo.


Al séptimo día, como en la creación del mundo, Dios descansó y dejó que saliera el sol aquí en la costa, donde desde nuestra llegada no había parado de llover, algo muy diferente al tiempo inestable pero mayoritariamente seco que nos había acompañado en la región de Anatolia.

Salimos con el coche hacia Antalya y tenemos que hacerlo desde el hotel siguiendo otro itinerario, la calle por la que salíamos habitualmente tiene agua acumulada hasta la altura de la puerta del vehículo y, aunque algún conductor local la ha atravesado, me ha dado un poco de miedo meterme a navegar con este Clio alquilado,del que desconozco la altura de la línea de flotación.

Hemos descubierto así un paisaje muy cercano y hermoso, repleto de zonas de marisma, inmediato al hotel y del que desconocíamos su existencia, inmensos campos de naranjos e invernaderos recorren todos sus bordes y, a lo lejos, en total contraste con la presencia del mar, las altas cumbres nevadas.

Los poco más de treinta kilómetros que hay hasta Antalya nos llevan bien la media hora prevista, la animación de esta ciudad de casi 800.000 habitantes complica aún más el acceso al centro, que hacemos a través de amplias avenidas ornamentadas con alineaciones de palmeras, algunas recién renovadas para incorporar las vías del tranvía en su tramo central.

La ciudad luce moderna y con buenas infraestructuras, un gran aparcamiento subterráneo bajo un bien organizado espacio público y plazas y paseos al borde del mar, mucho turismo aún en esta época de temporada baja y el ambiente que a él solemos asociar.

Hemos aparcado, sin embargo, casi de casualidad, en uno de esos mucho solares en pleno centro que alguien cuida para obtener una rentabilidad que exige poco esfuerzo y también es alta. Suelo vacante a disposición de los vehículos por una tarifa horaria menor a la propia de los parquímetros, iniciativa privada para solventar los déficits de lo público. La intuición y la fortuna han hecho que estemos a tan solo unos metros, lo que dista un cruce de calle, del Gran Bazar.

El boom del turismo de los años ochenta ha hecho de Antalya una ciudad con dos caras, la del Gran Bazar que ahora atravesamos, con su sabor oriental, una zona de comercio que se prolonga por lo que queda del casco antiguo amurallado, un recinto que ahora aprecian como si se tratase de una joya y que empiezan a proteger y restaurar con esmero (pese a que ya ha acabado pareciendo un parque temático donde abruma la presencia de tantas tiendas de venta de souvenirs de todo tipo en los bajos y la insistencia de los vendedores por que uno pierda un poco de su tiempo accediendo al interior) y, por otro lado, la ciudad moderna, esa que se rehace día a día en el exterior, un ambiente occidentalizado y poblado por blancos edificios de apartamentos u hoteles que parecen aproximarse al acantilado a distancias casi inverosímiles, tal que nuevas murallas.

En el borde de las murallas, las antiguas, el viejo puerto acoge un sinfín de "gulets", esos bonitos barcos de madera que ahora sirven para organizar tours por la costa para los visitantes, para disfrutar de un mar que luce aquí ese azul mediterráneo (o tal vez verde turquesa, como la piedra preciosa nacional), tan distinto al tono de esas aguas oceánicas de nuestra tierra, tan diferentes como el frío y el calor, o como las temperaturas de sus aguas, sin que esto menoscabe cualquier tipo de belleza en uno u otro caso.

Además de sus singulares monumentos, el alminar estriado y el truncado, la puerta de Adriano (espléndidamente conservada tras haber permanecido durante siglos emparedada entre los lienzos de la muralla selyúcida), el bazar o todo el barrio antiguo de Kaleiçi, conviene darse un paseo por el parque de Karalioglu, un jardín botánico desde el que se disfruta de unas espléndidas vistas sobre el perfil urbano y la costa rocosa.

También merece la pena pasear la ciudad nueva, esa que pasean los no turistas, los locales, para apreciar la animación de esta gran urbe, donde las zonas comerciales ligan barrios según recorridos donde no disminuye, pese a la gran distancia, la afluencia de viandantes y donde el comercio repite sus pautas en un conjunto compartido entre las tiendas de moda multinacionales y las barberías con sus paños secando al sol, lo moderno y lo tradicional en una fusión todavía consentida, lo oriental y lo occidental en convivencia, tal como un día fue o sigue siendo pese a los integrismos de una y otra parte, la libre elección como mejor alternativa.

Después de comprar unos recuerdos de esos que se usan, no de los de poner en vitrina, en una de esas tiendas de barrio, tan distintas a aquellas otras en donde los vendedores llaman a uno haciendo alarde de un babel de lenguas (al contestar que no con la cabeza a las preguntas de si hablábamos alemán, inglés, francés, holandés... algún gracioso comerciante nos preguntó en inglés si éramos chinos) de las zonas turísticas de la ciudad, quizá la gente de mar, como nosotros, quiera echar un último vistazo al puerto viejo, aunque ya no lleguen a él muchos marineros con su pesca, siempre será una buena despedida.

Alanya

El trayecto en coche hasta Alanya se hace muy lento, las medias, aunque la carretera es buena, son muy bajas, tanto por las trombas de agua con viento de la costa que nos azotan de vez en cuando, como por la constante travesía de poblaciones y resorts turísticos que nos pillan de camino.


Nuestra guía de viaje decía que había que evitar el centro con el coche, pues está siempre muy congestionado y no hay sitio para aparcar, debemos aclarar que esta afirmación es válida solo para temporada alta, en Enero, esta ciudad playera está como medio aletargada, sin el hormiguero humano que puebla durante la estación cálida sus innumerables restaurantes y bares de todo tipo, como un barco varado esperando que amaine el temporal.

Tanto por miedo a ese atasco anticipado por la guía, como por la escasa cartografía que muestra el plano del navegador, hemos acabado aparcando muy lejos del meollo turístico, con la desventaja de la caminata pertinente pero con el valor añadido de poder recorrer las calles donde vive la gente, donde hace sus compras, donde lee el periódico mientras toma un café turco. Además, estamos fuera de los estacionamientos de pago y ni pagamos tarifa alguna, ni tenemos que preocuparnos por la hora de regreso para retirar el vehículo.


Alanya es una ciudad de algo más de cien mil habitantes, aunque me imagino que, en verano, su población real se multiplica, la situación del antiguo asentamiento urbano, en un promontorio saliente entre dos bahías, algo que favoreció su defensa en esos períodos turbulentos de la antigüedad, protegiendo dos largas playas de arena, una a cada lado, es hoy motivo para esa invasión estacional de alemanes y demás huestes extranjeras, para tostarse al sol sobre esos mismos arenales que antaño no servían más que para romper las olas y acondicionar el puerto y un importante arsenal, protegido de los enemigos por la llamada torre roja (por el color del ladrillo).

El paseo urbano que bordea ahora el puerto o las playas está lleno de restaurantes donde se come en todos los principales idiomas del mundo, pero nada especialmente atractivo, como decimos siempre, nunca entenderemos la necesidad de hacer tantos kilómetros de viaje para tomarse la misma pizza que en la calle donde uno vive.

Junto a la oficina de turismo iniciamos el ascenso a la zona del promontorio, casi lo único que queda con cierto interés histórico en esta ciudad. La subida se nos va a hacer un poco difícil, tanto porque no esperábamos que fuese tan larga, como porque llueve a mares por momentos.
Las impresionantes vistas que se tienen sobre todo el conjunto de la ciudad y su entorno, el mar y el monte, nos compensan un poco el sacrificio, pero no lo suficiente, tendremos que complementarlo con algo más.
A medida que nos vamos acercando, puede apreciarse el impresionante conjunto de murallas concéntricas, un total de tres, incluyendo la ciudadela superior. Toda la línea de fortificaciones selyúcidas está muy bien conservada y llama la atención la presencia de la ciudad antigua, con su mezquita y su hamman entre la ciudadela y el segundo cordón de murallas, con sus casitas unifamiliares típicamente otomanas, en las que todavía habita una población que goza de las higueras y frutales justo en el lateral de su vivienda, alejados del constreñimiento de los desarrollos turísticos de la parte baja de la ciudad pero a tan solo unos minutos de ellos.

La ciudadela, en la parte más alta, a la que se paga por entrar (no es mucho) merece una visita, no tanto por los restos de lo antiguo (una iglesia bizantina, la cisterna que proveía de agua y parte de las instalaciones de defensa adheridas a la muralla) como por las impresionantes vistas que se abren entre las almenas, hacia el horizonte y hacia la propia ciudad moderna.

Un estrecho saliente rocoso, como un dedo surgido del mar, termina en el abismo desde el que se arrojaba a los prisioneros que eran condenados a muerte, supongo que algo que, ya de por si, causaba pánico tanto al que iba a ser ajusticiado, como a quien hasta allí lo llevaba.

Dos gatitos que nos siguen a todas partes, esperando que les dejemos caer algo de comida que no tenemos, son nuestros únicos compañeros en este recorrido final, al final es solo uno, el más peleón, una vez que se ha deshecho de su compañero, y rival, a zarpazos en un determinado trecho del camino.

Ya empieza a caer la tarde (y muy pronto la noche) cuando iniciamos el descenso, al pasar por uno de los varios pequeños restaurantes que hay en esta zona alta, nos tomamos un café y preguntamos si todavía es posible comer algo, y si lo es. Una ensalada y un osmanish kebab en olla de barro, otro café para no perder el calorcito de la antorcha que nos han encendido en la terraza cubierta y a seguir descendiendo entre la lluvia.
El camino de vuelta al hotel ha sido todavía más lento que el de ida, los golpes de lluvia y la oscuridad de esta noche que cae ya de pleno a las cinco de la tarde, disminuían mucho la visibilidad.